Pues ya me lo he leído, señoras y señores. Y ¿cómo es?, preguntarán ustedes. Pues
es diferente. Las últimas entregas de la serie,
R de rebelde y
S de silencio, ya incorporaron ciertas novedades: saltos al pasado, fragmentos en tercera persona sin que estuviera Kinsey presente, delitos incruentos... Ya nos contó
Grafton en Barcelona, y lo repite en las entrevistas, que se esfuerza especialmente por no escribir la misma novela dos veces y que quiere que cada libro sea único.
Pero, ¿en qué consiste la diferencia de T de trampa? En que no comienza con un crimen de esos que hacen portada; no se trata de un asesinato, ni de un robo espectacular; no es una violación, ni un secuestro, ni una desaparición. Es que un anciano se cae; vive solo, apenas tiene amigos y su pariente más próxima es una sobrina que habita el otro extremo del continente. Un problema de esos tristes y cotidianos, de los que todo el mundo ha conocido o vivido. Así, Grafton casi se pasa a otro terreno, explora nuevos territorios y asume riesgos también nuevos.
En T de trampa no corre la sangre hasta el final del libro, pero la tensión, el miedo cortante, la obsesión de la sospecha, las mentiras hábilmente tejidas para envolver a la víctima, la ira, la rabia y la impotencia construyen una novela escalofriante.
La detective
Kinsey Millhone sigue tan divertida y simpática como siempre, mantiene ese algo especial que la hace conectar tan fácilmente con las lectoras y lectores. Y la mala de la novela, su enemiga en esta entrega, la temible
Solana Rojas, está a su altura: es una impostora canalla y sin escrúpulos ni empatía que se permite, sin embargo, el lujo de moralizar y ser despectiva con el prójimo. Una auténtica
sociópata, vamos.
Dice Grafton que escribe estas novelas para "descifrar el código de los criminales". No sé si lo habrá conseguido, pero, mientras persevera en el intento, nos hace pasar muy buenos ratos.
Leed también, por fa, lo que escribió Peke sobre el libro.