
Mientras leía La muerte de Amalia Sacerdote, me ilustré con varias entrevistas a Camilleri y, como siempre, seducida por sus palabras, no me he resistido a traeros hasta aquí varias perlas.
Berlusconi
El problema son los italianos, que lo votan. Él se limita a interceptar perfectamente el malhumor italiano, el malestar de la gente, y a iluminarlo con su habilidad de vendedor de coches de segunda mano. Los italianos se reconocen en él. Cuando un tipo es encausado tantas veces y no lo condenan nunca, porque el delito prescribe o porque él mismo ha cambiado la ley para impedirlo, la gente piensa: "Qué listo es, qué grande, qué pícaro". Querrían ser igual que él. Por eso lo votan. Un hombre honrado y que casi no sabe hablar, como Prodi, no les hace ninguna gracia.
La izquierda italiana
La izquierda ha permitido que pase todo esto porque tiene en contra al Vaticano, que es berlusconista y le importa un bledo que esté divorciado mientras garantice el apoyo económico a la educación católica. "Pecunia non olet", piensan; es decir, el dinero no huele mal, siempre es bueno, venga de donde venga.
El encanto de los mafiosos
En "La muerte de Amalia Sacerdote" he dejado a la mafia en el transfondo de manera intencionada, porque ¿cuál es el riesgo para un narrador? Pues que inevitablemente el mafioso resulta simpático. El problema es que los mafiosos tienen un carisma monstruoso. Yo he conocido a dos o tres y, si no vas con cuidado, te fascinan.
El porvenir de Montalbano
El médico no me deja comer lo que me gusta. Por eso se lo hago comer a Montalbano. Pero no durará mucho, porque empieza a cansarme que él coma y yo no. Creo que pronto le sucederá algo en el aparato digestivo.
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