
Vagar por Internet de página en página sin rumbo ni propósito definido no suele conducir a ninguna parte, pero a mí el otro día me condujo a
un artículo que escribió Mark Lawson en The Guardian en junio de 2007, es decir, hace un añito.
El artículo trata de
Michael Dibdin y su última novela (
End Games) con el detective Aurelio Zen, que salió en 2007. Y cuando digo última, digo última de verdad, pues Dibdin
murió poco antes de que el libro comenzara a circular, con sólo sesenta años.
Pero lo que me ha llamado la atención del artículo de Lawson es que dedica varios parrafitos al asunto de
la soltería de los detectives de novela. Sí, amigas y amigos: la mayoría de nuestros protagonistas no tiene pareja duradera. Lawson se centra en los británicos y nombra a Dalgleish, Marple, Morse, Poirot,
Rebus y al propio Zen, claro. Yo añado a Wallander (divorciado), Milhone (dos veces divorciada), Matt Scuder (divorciado) y a Siobhan Clark (soltera). Bevilacqua también está divorciado y Chamorro, soltera.
Kamenskaya tiene novio bastante fijo.
Por otro lado, están casados Jaritos y Wexford. Y con relaciones fijas discontinuas tenemos a Carvalho, a
Montalbano y a Mario Conde.
Si se animan ustedes a completar la lista, prometo recopilar todos los datos en un post.
Reparen, por favor, en el hecho de que no hay ni una detective casada ni con hijos, al menos protagonista, pues como secundaria tenemos a Ann-Britte Höglund, la compañera de Wallander, que, si no recuerdo mal, creo que acaba divorciándose de su casi siempre ausente esposo. Tampoco hay ningún homosexual, ni mujer ni hombre, aunque Poirot siempre me ha parecido más gay que una camiseta sin mangas con un bolso en bandolera.
Lawson habla de
razones de mercado para explicar esta soltería generalizada. Dice que estas novelas están orientadas hacia un lector que consume a PD James y a Ruth Rendell y que es más bien
decorous.
A mí se me ocurre otra razón, también comercial, pero distinta: que un flirteo, un rollito, un revolconcete ocasional siempre alegra y especia las tramas, siempre genera un buen hilo, más o menos secundario, para entrelazar con el argumento principal. Y este hecho en principio festivo y gozoso, se convertiría en algo grave y clandestino en el caso de un protagonista casado y, además, no haría mucha gracia a las lectoras, que hacemos cada vez más número que los lectores.
¿Y ustedes qué piensan?