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martes 22 de julio de 2008

Crónica gijonense


Como era de prever, he estado vaga y no me ha dado por coger el ordenador y contaros mis andanzas, así que aquí os va todo junto.

En fin, ¿que qué he hecho en Gijón? Pues he paseado muuuucho por la playa, que, como veis en esta foto de Julen, está preciosa.
También he paseado por Oviedo bajo el orballo, he visitado el Laboral, las termas romanas y el Museo del Ferrocarril y en la Semana Negra he escuchado y disfrutado, entre otros, de Jorge Semprún, Mario Mendoza, Leonardo Oyola, Carlos Salem, Nahum Montt y Fernando Marías.

También he comido demasiado, aunque eso no es noticia ni novedad, valga la redundancia, he comprado menos libros de los que me apetecía* y me he topado con gente de mala calaña y peor vivir, como los responsables y colaboradores de la revista .38, que os recomiendo vivamente.

Mañana os pongo unas fotos. Hasta mañana, pues.



* Ayer, lunes 21 de julio, publicó El Comercio que la Semana Negra había tenido un millón de visitantes y había vendido 55.000 libros. Subo la media.


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domingo 13 de julio de 2008

Ciudad negra

En Asturias, a orillas del Cantábrico. Población: 274.000. Temperatura media anual: 15º. Pluviosidad: 800 - 1.000 mm/año. Actividad económica: El proceso de industrialización, a partir del siglo XIX, convirtió a la ciudad en el centro industrial de Asturias con el potente Puerto de El Musel, astilleros y abundantes instalaciones fabriles. La progresiva modernización de la población ha devenido en un potente sector servicios y una buena oferta cultural y deportiva.

Sí, es Gijón, que del 11 al 20 de julio celebra suAllá estará una servidora, a su entera disposición, disfrutando del programa, de la playa, la buena compañía, los restaurantes... No me odiéis por ello.

Si tengo un rato, me sentaré ante el ordenador y os pondré unas palabras. Pero, por si acaso, me despido hasta la vuelta y os envío muchos besos.


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miércoles 9 de julio de 2008

Cuando a uno se le mueren las calles de la infancia

Siempre nos estamos muriendo de a poquito. Porque cuando uno envejece, se le muere la gente que quiere, los papás, los abuelos, los hermanos, los primos, los amigos, y se le mueren las calles de la infancia. Con cada muerto que ha tenido que ver con la vida de uno, uno también se va muriendo. Morirse, en realidad, es acabarse de morir.

Fernando Vallejo en Ñ
Por cortesía de Magda Díaz-Morales



Tiene razón Vallejo. Uno envejece de golpe cuando no reconoce su barrio, cuando le construyen centros comerciales, cuando los rostros de los niños no le recuerdan a nadie. Y es ya definitivamente viejo cuando las cosas, el mundo, emprenden un camino que no le gusta.


Esto lo escribo porque éste era mi barrio


y ahora lo van a convertir en esto:

Así que el escenario de mi infancia sólo existirá en unas poquísimas fotos y en mi recuerdo.


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lunes 7 de julio de 2008

Párrafos selectos de Kinsey Millhone


Ya os he contado mil veces que una de las cosas que más me gustan del Alfabeto del Crimen de Sue Grafton (en la foto) es su protagonista, la simpática detective Kinsey Millhone.

Kinsey, además de protagonista, es narradora. Nos cuenta sus peripecias en primera persona y, entre carrera y titoteo, suele intercalar amenas reflexiones sobre su modo de ver la vida. Como no tiene pelos en la lengua, yo me divierto enormemente con su descreimiento y su desapego a muchas convenciones.

Sólo en "F de fugitivo", que acabo de releer, ya nos deja una buena colección de párrafos envenenados. ¿Queréis leer algunos? Os los clasifico por temas.

Kinsey y la familia:
De pequeña no tuve tiempo de saber lo que era una familia y
cuando tengo una a tiro me distancio para observar mejor sus costumbres.
(...) Se habla de familias "desunidas", pero yo no he conocido otras. Mi
orfandad ganaba en atractivo a cada minuto que pasaba.


Kinsey y la religión:

La religión institucionalizada dejó de interesarme a los cinco años por
culpa de una profesora de catecismo a la que le salían pelos de la nariz y le
apestaba el aliento. (...) Lo que yo quería era otra lámina de cromos adhesivos.
Al Niño Jesús se le podía poner pelusa en la espalda, pegarlo en mitad del
cielo igual que un pájaro y que arrojara bombas sobre el pesebre.
(...) Un rasgo característico de los baptistas era que no malgastaban el dinero
de la parroquia contratando arquitectos. (...) Había vidrieras decoradas con
imágenes estereotipadas en las que se veía a Jesús con una especie de camisón
que le llegaba hasta los tobillos; si se hubiera presentado con aquella
indumentaria en el pueblo, lo habrían matado a pedradas. A sus pies se
encontraban los apóstoles, todos con la cabeza cubierta de rizos innegablemente
femeninos y mirándole con cara de bobos. ¿Se afeitaban los tíos en aquella
época? De pequeña nadie sabía responderme, cuando hacía estas preguntas. (...) June Haws interpretaba al órgano un himno que traía a la memoria las pujas económicas de las teleseries matutinas.

Kinsey y las armas pequeñas:

Los aficionados a las armas desprecian las pistolas de seis milímetros
porque creen que un arma que no abre un boquete como un puño en un tabique no
vale para nada. Que un proyectil de seis milímetros de diámetro os perfore las
tripas y veréis qué gusto da. Rebotará en el hueso como un auto de choque en
miniatura y desgarrará todos los órganos que se le pongan por delante.

Kinsey y la naturaleza:

Me revienta el campo. Lo detesto. ¿Sabéis qué es la naturaleza? Palos,
tierra sucia, raíces para tropezar, agujeros para perder pie y caerse, bichos
que muerden, bichos que pican y promitivismos sin cuento que ningún catálogo
agotaría. Y no soy la única que piensa así. Venimos construyendo ciudades desde
que Noé salió del arca única y exclusivamente para huir de tanta inmundicia. Por
eso enviamos ahora cohetes a la luna y otros lugares desiertos donde nada crece
y donde se puede levantar una piedra con toda tranquilidad sin que te salte un
bicho a la cara. Por lo que a mí respecta, cuanto antes lleguemos, mejor.

Kinsey y su condición:

El único inconveniente de ser mujer es que no hay más remedio que mear
agachada.

¿No es encantadora?


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martes 1 de julio de 2008

Ya he terminado "F de fugitivo"

Sí, me la he leído, por segunda vez, en un periquete, porque es una novela ligerísima que te transporta como una ráfaga de aire de dibujos animados.

Siempre me impresionan, y esta vez no ha sido una excepción, las mujeres en las novelas de Grafton. Kinsey, la narradora, repara mucho en ellas, pero eso no quiere decir que empatice ni que simpatice. De hecho, las trata sin piedad y en esta novela se ensaña con las mujeres decentes de pueblo pequeño que, mientras sus esposos se dedican a perseguir jovencitas y a encubrirse unos a otros intergeneracionalmente, se ocupan de mantener vivos los odios y de que las apariencias sean rosáceas. ¡Qué trabajo, señor!

Luego están también las que no huyen. Se quedan ancladas allí, en el mismo lugar donde las humillan, las arrinconan, las rehuyen, dios sabe por qué; probablemente porque no hayan conocido otra cosa y piensen que para qué marcharse, si el mundo entero es así. Y no les falta razón, porque la baja autoestima irá con ella doquiera que vayan.

También tenemos a las que no aguantan más y se largan; ahorran cuatro perras y se cogen el bus a Los Ángeles o a San Francisco. ¡Buen viaje, amigas! Pero tampoco de éstas tiene Kinsey compasión. Leed cómo describe a una de ellas:
... estaba tan delgada que parecía raquítica: hombros huesudos, un color de
cara enfermizo y un pelo estropajoso, peinado hacia atrás y sujeto con dos
pasadores de plástico. Tenía las uñas mordisqueadas hasta la raíz. Las arrugas
del suéter que llevaba sugerían que lo había cogido sin miramientos, en el
momento de salir, del montoón de ropa que sin duda tenía en el suelo del
dormitorio.

Y finalmente está la especie más dañina: la mosquita muerta manipuladora y cobarde que va acumulando dentro rencor hasta que estalla. Pero de ésta no voy a decir nada para no destripar el argumento.

Continuará.


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jueves 26 de junio de 2008

Lo predije


No os quejéis, que llevaba trece días sin escribir nada sobre Jonquet, así que he pensado que os voy a dar un poco la tabarra con lo último que ha publicado en Francia: la novelita salió en octubre de 2006, ya está también en bolsillo y se titula Ils sont votre épouvante et vous êtes leur crainte, palabras tomadas de Victor Hugo, a las que no he encontrado una traducción convincente.
El pobre libro llevaba largo tiempo en mi casa, esperando a que me librara de los alemanes y le hiciera un poco de caso. Yo me resistía, porque sé lo que sucede siempre: que cojo el libro, le echo un vistazo y ya me quedo atrapada y no lo puedo soltar. Y efectivamente, así ha sido, tal y como lo predije.

Pero también predije otra cosa. Predije aquí que Jonquet iba a escribir algo sobre lo que sucedió en las afueras de París después de que Zyed Banna, de 17 años, y Bouna Traore, de 15, murieran electrocutados cuando intentaban huir de la policía. Et voilà! Aquí está este librito, que empieza con un recorrido por Certigny, municipio de la periferia parisina que Julen ha encontrado en Google Maps, territorio de obrero para abajo, duro y gris como el hormigón de los bloques de pisos, con sus servicios públicos y sociales de presupuesto menguante, sus edificios feos e infinitamente tristes, sus grupos de muchachos que pasan el rato en la calle, mirando pasar los autos. Con la descripción de Certigny el condenao de Jonquet ya me ha robado el corazón.
Allá destinan a la protagonista, Anna, profesora recién licenciada, culta y políticamente comprometida. Pero hay otros personajes, de momento sin conexión con ella: un muchacho esquizofrénico de familia bien, otro muchacho prometedor de origen norteafricano, un funcionario empeñado en acabar con la criminalidad en los barrios pobres, varios políticos...
Como nos tiene acostumbrados, Jonquet reparte estopa por doquier: critica a los comunistas, a los conservadores, a los líderes de las comunidades musulmanas, a los de las comunidades judías, a los traficantes de drogas y seres humanos... Aquí no se libra ni alá.
Y esto no ha hecho más que empezar.


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martes 24 de junio de 2008

Detectives impares


Vagar por Internet de página en página sin rumbo ni propósito definido no suele conducir a ninguna parte, pero a mí el otro día me condujo a un artículo que escribió Mark Lawson en The Guardian en junio de 2007, es decir, hace un añito.

El artículo trata de Michael Dibdin y su última novela (End Games) con el detective Aurelio Zen, que salió en 2007. Y cuando digo última, digo última de verdad, pues Dibdin murió poco antes de que el libro comenzara a circular, con sólo sesenta años.

Pero lo que me ha llamado la atención del artículo de Lawson es que dedica varios parrafitos al asunto de la soltería de los detectives de novela. Sí, amigas y amigos: la mayoría de nuestros protagonistas no tiene pareja duradera. Lawson se centra en los británicos y nombra a Dalgleish, Marple, Morse, Poirot, Rebus y al propio Zen, claro. Yo añado a Wallander (divorciado), Milhone (dos veces divorciada), Matt Scuder (divorciado) y a Siobhan Clark (soltera). Bevilacqua también está divorciado y Chamorro, soltera. Kamenskaya tiene novio bastante fijo.
Por otro lado, están casados Jaritos y Wexford. Y con relaciones fijas discontinuas tenemos a Carvalho, a Montalbano y a Mario Conde.

Si se animan ustedes a completar la lista, prometo recopilar todos los datos en un post.

Reparen, por favor, en el hecho de que no hay ni una detective casada ni con hijos, al menos protagonista, pues como secundaria tenemos a Ann-Britte Höglund, la compañera de Wallander, que, si no recuerdo mal, creo que acaba divorciándose de su casi siempre ausente esposo. Tampoco hay ningún homosexual, ni mujer ni hombre, aunque Poirot siempre me ha parecido más gay que una camiseta sin mangas con un bolso en bandolera.

Lawson habla de razones de mercado para explicar esta soltería generalizada. Dice que estas novelas están orientadas hacia un lector que consume a PD James y a Ruth Rendell y que es más bien decorous.

A mí se me ocurre otra razón, también comercial, pero distinta: que un flirteo, un rollito, un revolconcete ocasional siempre alegra y especia las tramas, siempre genera un buen hilo, más o menos secundario, para entrelazar con el argumento principal. Y este hecho en principio festivo y gozoso, se convertiría en algo grave y clandestino en el caso de un protagonista casado y, además, no haría mucha gracia a las lectoras, que hacemos cada vez más número que los lectores.

¿Y ustedes qué piensan?


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viernes 20 de junio de 2008

Alacranes en su tinta y en bolsillo


Varias veces hemos hablado en este blog de Juan Bas. Hace más de un año os conté cómo transcurrió la charla que nos ofreció en Portugalete; luego os trasladé su agradecimiento por la atención que le dedicamos y también puse unas letritas cuando le concedieron el Premio Euskadi de Literatura por su novela Voracidad.

Ahora volvemos a tener noticias suyas, porque ha salido en bolsillo Alacranes en su tinta, quizás su novela más conocida. El señor Bas ha tenido la deferencia de dirigirse a esta humilde bloguera para anunciárselo, así que, como estoy vaga, os copio su mensaje sin más:

Acaba de editarse en la colección Zeta de Bolsillo de Ediciones B mi novela 'Alacranes en su tinta'.
Coincide esta nueva edición (las anteriores fueron de Destino -5 reediciones- y de Booket) con que la novela acaba de publicarse en Italia y Rusia (ya lo estaba en Francia -Série Noire de Gallimard- y Alemania).
Estoy muy contento y doy las gracias a todos los lectores por el poco habitual hecho en España de que un libro haya llegado a una edad de publicación de seis años y siga vivo.
Y que haya inspirado un restaurante en Bilbao: el estupendo EL MAPAMUNDI DE BILBAO. Lo cual es todo un honor.
Un abrazo.
Juan Bas

Es cierto eso que dice de que los libros suelen tener muy corta vida comercial. ¿Por qué perduran los que perduran? Ahí os dejo la pregunta, para que reflexionéis durante el fin de semana.

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miércoles 18 de junio de 2008

F de fugitivo


Es la última letra del Alfabeto del Crimen que ha salido en bolsillo. Nos sirve de aperitivo, para ir haciendo boca, mientras esperamos a que salga en español T ist for Trespass, que ya está en la calle en Estados Unidos, y hacemos cábalas sobre el título: ¿qué tal "T de transgresión"? Gracias, Merriam Webster.

Sea cual sea el título, seguro que es magnífico, como lo son todas las traducciones de esta serie, especialmente las de Antonio-Prometeo Moya, que es quien firma la versión en español de "F de fugitivo".

¿Y qué sucede en esta F? Pues sucede que nuestra querida detective Kinsey Millhone tiene que abandonar temporalmente su idílica Santa Teresa e instalarse en Floral Beach, sólo unos kilometritos más allá, también en la costa del Pacífico. He cogido un mapa de California, he buscado Floral Beach y no lo he encontrado como tal, así que no sé si en realidad no existe o es un trasunto de una localidad existente, como Santa Teresa lo es de Santa Bárbara.

Exista o no, Grafton , que en abril pasado recibió el premio Cartier Diamond Dagger, nos hace un retrato del pueblecito que no puede ser más real. Da exactamente la impresión del típico pueblo-pequeño-infierno-grande-olla-a-presión donde todo se cocina en la misma salsa, donde todos envejecen juntos y continúan odiándose a través de las décadas. Eso sí, con una playa preciosa.

Sí existe, en cambio, porque lo he visto en el mapa, San Luis Obispo, donde está la cárcel que Kinsey visita en tantas novelas. Allí va a para el ex fugitivo del título, uno de esos semiimpostores que me fascinan: había huido, se había inventado una personalidad y un pasado diferentes, pero lo pillaron y ahora Kinsey tiene que sacarlo del agujero.

Bueno, espero haberos interesado un poco en la novelita. La leo por segunda vez, pero la disfruto como la primera. O más. Ya os contaré otras cosas cuando la acabe.


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lunes 16 de junio de 2008

Rebus prejubilado


¡Qué mayores estamos todos! John Rebus, nuestro madero rockero favorito, se encuentra al borde de la jubilación. En la última novela que Rankin acaba de publicar en Gran Bretaña, ya lo tenemos, parece ser, en las clases pasivas. ¿Cómo será el mundo sin él? ¿Lo sucederá su compañera Siobhan Clarke, como al Wallander de Mankell lo sucede su hija?

Pero mientras llega esa última novela de las diecisiete que ha protagonizado Rebus (en español sólo hay ocho, según informa Helua), nos contentamos con Nombrar a los muertos, que se publicó en noviembre pasado. Sin ser especialista, ni mucho menos, en Rankin ni en Rebus, diría que esta novela tiene una estructura muy similar a la que leí a principios de año, En la oscuridad: empieza con varias muertes en apariencia inconexas que acaban enlazadas por retorcidos vericuetos.

Me gusta de esta novela la liazón con la actualidad, que Rebus y Clarke investiguen hechos imaginarios sumidos en lo que de verdad sucedió en julio de 2005: la reunión del G8 en Escocia y las bombas en el transporte público de Londres el día de San Fermín. Eso hace que al texto de la novela se unan nuestros propios recuerdos en una forma de interactividad muy productiva y muy creativa.

Siento muchísimo tener que decir que la traducción es bastante flojita. Por empezar por la portada: "La novela más excelente de Rankin." ¿Se puede ser más excelente o menos excelente en español? Y por citar otro ejemplo: hay un personaje que unas veces es "concejal" y otras, "consejero". Me veo, pues, obligada a hacer un llamamiento. Señoras y señores que cortan el bacalao en RBA: un tocho de novela así lleva su tiempo. Hagan el favor de dar un poco más de margen a los traductores, por el amor de Dios. Y pagarles algo más tampoco es tirar el dinero, sino mejorar enormemente el producto. He dicho.

Nada más. Espero leer vuestras opiniones, si la habéis leído, y otra cosa: ¿no se parece el tío de la portada un montón a Antonio Banderas? ¿O son imaginaciones mías?


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jueves 12 de junio de 2008

Ad vitam aeternam (2)


Esta novela se parece un poco a Abierto hasta el amanecer, la peli de Robert Rodríguez. Empieza con los conocidos ambientes marginales de Jonquet, su crítica social, y poco a poco va tornando hacia lo fantástico, que queda perfectamente integrado en el relato.

Jonquet nos lleva otras veces a asilos, manicomios u hospitales especiales. Esta vez toca el rollo carcelario. Se descuelga con fríos y lacerantes datos sobre la población penitenciaria francesa y se fija especialmente, una vez más, en la fauna funcionaril. Su experiencia coincide con la mía al distinguir entre estos especímenes humanos a, uno, quienes se rompen la cornamenta por voluntad de servicio; dos, a quienes, mil veces rota, se lamen las heridas y repiten "nunca más" y, tres, a quienes, envilecidos desde no se sabe cuándo, esparcen bilis sobre las otras dos especies.

También hay un huequecito para dar caña a las clases altas, concretamente a quienes, bajo atuendos convencionales, tienen el cuerpo charcuteado de piercings, frecuentan sesiones de branding y meten un pie en el mundo sordidísimo de la prostitución "de lujo".

Y luego llega la muerte, que ocupa un buen puñado de párrafos, más o menos poéticos: la muerte es un doble descarnado de nosotros mismos, una nebulosa oscura replegada sobre sí misma, un agujero negro que estudia todas las formas de vida, una coleccionista de mariposas...

Hacia el final se juntan la crítica social y lo fantástico en los labios de un personaje irreal que hace negros augurios sobre el futuro del género humano:
Creo que veré cómo desaparece la humanidad; al menos en su forma actual. Con tanta manipulación sobre su descendencia, a ninguna mente lúcida le pueden caber dudas sobre el pronóstico. La humanidad ha programado cómo sobrepasar sus propios límites. Será dentro de algunas décadas; quizás menos, pues la aceleración es prodigiosa.

Como veis, es una novela en la que cabe de todo.


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miércoles 11 de junio de 2008

Ad vitam aeternam (1)


En Ad vitam aeternam Thierry Jonquet se atreve con un género peligroso y poco cultivado, tan poco cultivado que quizás ni exista: el negro fantástico contemporáneo, con algunos toques góticos.

Así y todo, Ad vitam aeternam (en adelante, Ava, como uno de los personajes de la novela) se parece a otras novelas de Jonquet. Se parece a Tarántula en su componente de irrealidad, los escenarios fantasmagóricos y los personajes obsesionados con la venganza y con su dolor. Se parece a Mon vieux en el callejero preciso de París, ese recuento minucioso de calles y plazas que en Ava coincide con el de Moloch: los alrededores del canal Saint-Martin y el bassin de la Villette. Y se parece a Le Manoir des immortellles en el asunto central: la muerte y la inmortalidad.

Ava tiene, pues, mucho de Jonquet y mucho también de original: defiende la tesis de que la inmortalidad no merece la pena y en eso viene a coincidir con un bonito relato breve de Leonhard Thoma que se titula Als ich unsterblich war (Cuando fui inmortal). Fijaos en el parecido con el título de la traducción alemana de Ava: Die Unsterblichen, literalmente Los inmortales.

El protagonista del relato de Thoma es un hombre con la capacidad de decidir sobre su propia muerte, que desea por fin morir. Harto de vivir mil vidas, acaba encontrando la repetición insulsa, acaba anhelando el tiempo limitado, porque la fugacidad lo convierte en algo importante, crucial. Si no, todo es banal.

Y, para no hacer una entrada demasiado larga, voy a dejar lo que me queda por decir para un segundo capítulo. Hasta lueguito.


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lunes 9 de junio de 2008

Unas fotitos de Madrid

La Feria del Libro por la mañana, con poca gente y buen tiempo. Así da gusto.

La cola para la firma de Ibáñez. Otro año será.









Don Eduardo Mendoza firmando ejemplares. Otros años no tenía cola; éste, sí. Se nota que tiene un libro recién publicado. Lo contrario sucedía con Antonio Gala, que otros años tiene muchísima parroquia y éste, no. ¿Queréis algún chascarrillo más de la feria? Preguntad.

La merluza que me comí, con higos, piñones y salsa al oporto. Lo verde no recuerdo qué era, pero estaba bueno. El bilbainismo me pierde.
Las torres de la plaza Castilla, indisolublemente unidas en mi cerebro a Álex de la Iglesia y "El día de la bestia". Álex también estaba en la feria del libro, firmando ejemplares del guión de "Los crímenes de Oxford".


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sábado 7 de junio de 2008

¿Lo pillaré en alguna feria?


Con Jeffery Deaver, Lawrence Block, Harlan Ellison, Patricia Highsmith, Tony Hillerman, John D. MacDonald, Steve Martini, Robert Bernard, Robert Bloch, Max Allan Collins, Erle Stanley Gardner, Sharyn McCrumb, Sara Paretsky, Ruth Rendell, James M. Cain, Reginald Hill...
¿Se os ocurre algo mejor para leer en el veranito?
Y no me dan nada por la propaganda.


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martes 3 de junio de 2008

La feria de las vanidades

Por aquel entonces no sabía yo quién era William M. Thackeray, el del retrato, ni falta que me hacía, pero ya disfrutaba con él y con su obra: ponían en Televisión Española, la única tele de mi infancia, en el espacio Novela, La feria de las vanidades, con Fiorella Faltoyano.

Era yo bastante niña y en los inviernos cantábricos, cuando a las seis de la tarde ya había caído la noche, Novela me alegraba la vida y me encaminaba, sin yo saberlo, hacia los clásicos de la literatura occidental. Ya tengo escrito por ahí, pero estoy dispuesta a repetirlo todas las veces que haga falta, que gracias a la tele me gusta la literatura; gracias, concretamente, a Estudio 1 y a Novela, que me pusieron sobre la pista de Brönte, Austen, Dostoievsky, Henry James, Dumas...

Muchos años después, hace relativamente poco, busqué el libro de Thackeray, lo conseguí, lo leí y lo disfruté enormemente, como siempre me sucede cuando regreso a los clásicos, porque allí está todo lo que perdura.

Esta introdución televisiva-novelera me sirve para decir que me voy a la Feria del Libro de Madrid, a la que yo llamo, con todo mi cariño, precisamente, con el título de este post, porque de verdad creo que tiene más que ver con la vanidad que con la literatura.

Así y todo, no suelo faltar, siempre me dejo caer por allí unos diítas, hojeo libros, compro algo, famoseo mucho y la suerte y la casualidad me han brindado la ocasión de charlar un ratito con Bryce Echenique y con Vargas Llosa, que es algo que una no hace todos los días.

Pero aún no he cumplido mi sueño: un tebeo de Mortadelo y Filemón dedicado por el propio Francisco Ibáñez. Para eso hay que hacer hasta horas de cola bajo ese sol mesetario que tan mal soportamos las norteñas y, créame, señor Ibáñez, yo lo idolatro, pero mi mitomanía tiene un límite.

Lo dicho: que me voy para allá y, entre eso y otros líos en los que me he metido, no prometo bloguear en los próximos días, porque puede que lo incumpla, aunque quizás caiga alguna crónica rosa chachi guachiflú.

Por cierto, ¿alguna o alguno de ustedes andará también por allí? Sería un placer.

Pero antes de eso, con menos vanidad y mejor hacer, tendremos a Fernando García Pañeda y a sus Tres Gymnopedias el jueves 5 de junio, a las 19:00, en la Feria del Libro de Bilbao, en El Arenal, concretamente en la caseta de La Librería de Deusto. Ahí también nos vemos y de eso también escribiremos algo. Anímense.


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sábado 31 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (y 5)


Leed aquí los fragmentos anteriores: 1, 2, 3 y 4.

Dos días después, Charlotte se encontró por casualidad con Anita y Mirko en la calle. Casi no reconoció a Anita, porque llevaba los zapatos de tacón de charol negro que le había regalado, el pelo cardado, lápiz también negro en los ojos, rojo carmesí en los labios y esmalte plateado de uñas. Ahora tiene el mismo aspecto que todas, pensó Charlotte decepcionada. Qué lástima, malditos los del Oeste y su idea caduca de la belleza.

Ésta es mi amiga Charlotte, dijo Anita altanera. Mirko hizo un leve gesto de asentimiento. Era pequeño y tenía la piel azulada por el frío. Llevaba puesto el abrigo de cachemira de Charlotte.

Mirko hace tonterías, dijo Lena a Charlotte de repente, durante el baño.
¿Qué hace?, preguntó Charlotte intrigada.
Lena se rió, feliz.
¡Pam, pam, pam!, y dirigió el mando de la ducha hacia Charlotte como apuntándola con un arma.
Charlotte prohibió a Anita traer a Mirko a casa cuando estuviera Lena.
Creo que se altera cuando estáis juntos, dijo a Anita. Especialmente ahora que su padre está fuera.
Anita la miró un poco desconcertada, con sus ojos de lechuza pintados de negro. Desde que se habían encontrado por casualidad en la calle, siempre la veía maquillada.
Y por favor no juguéis a la guerra con ella, prosiguió Charlotte. No me gusta. Y no le des hamburguesas para comer. He visto los envoltorios en la basura. La alimentación saludable es cuestión de educación.
Yo odio la comida sana, dijo Anita despacio.
Tú no tienes ni idea de lo que es eso. Te has pasado la vida alimentándote mal, alzó la voz Charlotte enfadada. Tras una breve pausa añadió en voz baja: Lo siento. Ha estado mal lo que te he dicho. Perdón.
Anita se encogió de hombros.
Me alegro mucho de haberte encontrado, dijo Charlotte verdaderamente alegre. Abrazó a Anita y la estrechó tanto que le pareció que retrocedía ligeramente, pero no podía estar segura.

Los alumnos chinos habían organizado una visita de tres días a los palacios reales e invitaron a Charlotte a acompañarlos. Zhou la cogió de la mano:
Por favor, le había dicho. Sin usted no lo pasaremos bien.
Te pago cien marcos al día, dijo Charlotte a Anita, más lo que haga falta para que comáis Lena y tú. ¿De acuerdo?
Anita sonrió y aceptó el trato. Luego dijo:
Pero primero tengo que preguntarle a Mirko, porque no le gusta dormir solo.
Y se retiró el cabello del rostro. Hacía ya tiempo que no llevaba su antiguo peinado pasado de moda.
Charlotte se alejó y miró por la ventana. ¿Pasaré la noche con Zhou?, pensó.
Mirko puede venir a dormir a casa, dijo luego, pero no me gustaría que Lena pensara que vosotros sois sus padres. ¿Comprendes? No me gustaría que Mirko se convirtiera en su figura masculina de referencia.
Figura masculina de referencia, repitió Anita. ¿Qué hace tu marido en América?
Oh, dijo Charlotte despreocupada, está trabajando.
Anita la miró atentamente, como si esperara más información. Luego Charlotte sigió hablando.
Necesitamos vacaciones mutuas. Nos gusta estar solos de vez en cuando, no ser siempre pareja. Quizás no lo comprendas.
Hmmm, dijo Anita. Yo lo comprendo todo.
Se miraron y se rieron.
Esta mocosa dice que me comprende, pensó Charlotte desconcertada.

Durante la noche anterior al viaje Charlotte apenas pudo dormir. Iba a estar sola por primera vez desde que tenía a Lena. Podría meditar, ir sola al retrete, comer en paz y silencio, tontear con los hombres, dormir. Anotó cuidadosamente todos los números de teléfono para emergencias y redactó un verdadero catálogo con todas las instrucciones que se le ocurrieron: No dar caramelos a Lena. Guardar bien el detergente. El mango de la sartén, hacia adentro. No dejar a Lena sola en la bañera.
Anita llegó puntual a las seis y media de la mañana, con un bolsito de plástico colgado de un hombro. Estaba extrañamente pálida.
Tengo que decirte algo, dijo en voz tan baja que Charlotte apenas la oyó. Cien marcos al día es poco. Miró hacia abajo, hacia los zapatos de Charlotte que llevaba calzados. Me he informado.
En los ojos de Charlotte centelleó, como una luz roja de neón, una palabra: DESAGRADECIDA. DESAGRADECIDA. DESAGRADECIDA.
Ah, dijo Charlotte fríamente. ¿Cuánto?
Trescientos al día, respondió Anita sin mirarla.
Guardaron silencio. A Charlotte le ardía la cara de enfado.
Yo no cobro ningún subsidio, ni salario mínimo ni renta social ni nada, musitó Anita mirando otra vez hacia las puntas doradas de sus zapatos.
Eso se lo ha enseñado Mirko, pensó Charlotte. Qué mal bicho. Me quiere chantajear.
Y preguntó a Anita con voz suave, defraudada:
¿De verdad crees que te trato mal? ¿Yo te trato mal?
De repente, Anita se echó a llorar. La máscara de pestañas barata le dibujó amplios surcos negros sobre la cara.
Me sabe mal discutir por dinero, esnifó.
Charlotte le dio un pañuelo de papel. Anita dejó caer la cabeza sobre la mesa y siguió llorando. Charlotte la tomó entre sus brazos desengañados. Maldita rata. Y yo que pensaba que tenía que ayudarte.
Mi tren sale dentro de veinte minutos, dijo.
Anita levantó la cabeza del mantel de plástico azul y se encogió de hombros.
Charlotte permaneció callada, implacable.
Anita cogió su cartera del bolso, sacó una fotografía y la dejó sobre la mesa. Charlotte la cogió. Anita, con el pelo teñido de rubio y unos pendientes enormes, llevaba en brazos a un bebé regordete con un pijamita de color lila. Junto a ella, un hombre rubio y pálido, cuyo rostro era ya irreconocible, de tan gastada que estaba la foto. Anita apuntó con el dedo al vientre de Charlotte y cruzó los brazos a la altura de las caderas. Luego levantó la mirada hacia Charlotte. Tenía los ojos secos.
Doscientos, susurró.
Ciento cincuenta, dijo Charlotte.



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viernes 30 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (4)


Leed aquí las partes 1, 2 y 3.

Lena se despertó llorando a las cuatro de la madrugada.
¡Nita! ¡Nita!
Ya viene, dijo Charlotte. Se quedó de pie, mareada de cansancio, junto a la cama de Lena, y se inclinó hacia la niña.
Ahora tienes que dormir un poco y luego viene Anita.
Lena la miraba dubitativa. Su pequeña caja torácica subía y bajaba.
Nita, susurró y miró más allá de Charlotte, hacia la oscuridad.

Charlotte telefoneó a Robert. Justo salía a cenar.
Sólo le deja a Anita limpiarle el culete, dijo.
¿Qué prefieres?, preguntó Robert. ¿Que la quiera o que la odie?
No tendría que quererla más que a mí, dijo Charlotte e intentó reírse. ¿Con quién vas a cenar?
Con cuatro señores aburridos vestidos de negro.
Ajá.
Ya llego tarde, dijo Robert. Que duermas bien.
Sí, dijo Charlotte.

Invitó al señor Zhou, el apuesto chino, a tomar café en casa.
Zhou debió de enteder mal la invitación, pues se presentó con una mochila llena de comida, un wok y utensilios de cocina chinos.
¿Dónde está la cocina?, preguntó. ¿Cómo se llama su hija?
Ésta no es mi hija, es la niñera. Se llama Anita. Y ésta es Lena. Pero no debería molestarse en cocinar. Por favor, Zhou. Yo quería invitarle a tomar café, a la típica sobremesa alemana, a charlar un rato...
¿No le gusta la comida china?
Oh, sí, claro que me gusta, dijo Charlotte.
Zhou se pasó cocinando una media hora y luego no comió nada.
Charlotte cambió los palillos por un tenedor, para no poner a Anita en un aprieto.
Zhou observaba a las tres mientras comían y, cuando se les vaciaba el plato, les descubría una nueva delicia.
A un plato yin le sigue un plato yan, explicó.
Que aproveche, dijo Lena y cogió a Zhou de la mano. Luego tomó un puñado de arroz y se lo esparció por la cabeza a Charlotte.
Anita le dio un golpecito en los dedos.
Con la comida no se juega, le dijo enérgica. Zhou asintió y sirvió finalmente una sopa.
Guardó otra vez su wok.
Tiene usted una sonrisa preciosa, le dijo a modo de despedida a Charlotte. De vuelta en la cocina, Charlotte se rió.
Está enamorado de ti, dijo Anita.
¿Qué?, siguió riendo Charlotte.
Te miraba todo el rato a los ojos.
Anita recogía con los palillos de Charlotte los granos de arroz esparcidos por la mesa.
Me estás tomando el pelo, dijo Charlotte. Anita la miró con ojos limpios y dijo que no con la cabeza.
Llevaron juntas a Lena a la cama. La niña insistió en rezar con las dos.
Jesusito de mi vida, haz que sea buena y que vaya al cielo, rezó Anita.
Sabe comer con palillos y rezar, pensaba Charlotte. Me miente.
Anita se puso la chaqueta. No la había visto ni una sola vez con el jersey azul de angora ni con el abrigo de cachemira que le había regalado.
Quédate un momento, dijo Charlotte; y le puso una mano sobre los hombros. Si te apetece, claro.
Anita se quedó un momento contemplando la mano de Charlotte sobre su hombro y luego se quitó la chaqueta.
Charlotte le ofreció un vaso de vino.
Cuéntame algo de ti, le dijo. ¿Tienes novio?
Se llama Mirko y es yugoslavo, respondió Anita obediente.
Pobrecillo, dijo Charlotte.
¿Por qué?
Esa horrible guerra, ese odio, esa crueldad con la que se tratan entre ellos. ¿Qué es? ¿Serbio? ¿Croata?
Anita se encogió de hombros.
¿Nunca le has preguntado de dónde es?
No, contestó Anita, él tampoco me pregunta a mí.
Llevaba tres semanas viviendo con él en un apartamento minúsculo. Mirko era camarero en un café-teatro. Anita lo esperaba a la salida todas las noches a las tres de la madrugada.
No vaya a ser que se lo liguen esas tías del Oeste, dijo a Charlotte.
¿Qué hacéis cuando estáis juntos?, preguntó Charlotte. Anita la miró sin comprender la pregunta. Quiero decir, cuando no estáis en la cama, añadió con una sonrisita.
Nada, dijo Anita.
Pero algo tenéis que hacer.
Anita permaneció en silencio.
A veces vamos con Lena al zoo, dijo por fin.
¡Ah! ¿Lena lo conoce?, preguntó Charlotte sorprendida.
Vemos vídeos. Sin Lena, claro, dijo Anita; y se bebió el vino de un trago. Charlotte brindó por ella.
¿Y qué películas veis?
Ayer vimos "Las caras de la muerte". Es un documental que le ha prestado a Mirko un amigo. Se ve cómo cuelgan a uno y a otro lo decapitan en África o por ahí, y en China, o en el Tibet, no sé, cuando te mueres, cogen tu cadáver y lo despedazan con un hacha grande, y el tronco lo dejan para que se lo coman los buitres. A una mujer la parten por la mitad, que se le ven las costillas, y suena como cuando el carnicero despedaza un bicho y saca una pierna, los brazos y la cabeza, que cuesta cortarla y tienen que darle unos cuantos hachazos, y luego se ve que ha salido despedida bastante lejos, por el monte, y justo vienen los buitres, se posan encima y le pican los ojos. Eso era gracioso, porque parecía que estaba enterrada y sólo le sobresalía la cabeza, con esos pájaros gigantes encima... Anita calló. Charlotte la rodeó con sus brazos.


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jueves 29 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (3)


Leed aquí las partes 1 y 2.

Un alumno de Charlotte, profesor, a su vez, de alemán en China, describió su impresión sobre Alemania y Charlotte se puso a reflexionar sobre la relación entre Anita y Lena. ¿Sabía Anita quitar y poner el pelo a los muñequitos de Playmobil? ¿Sabía quién era el tigre Kaspar? ¿Y el oso? ¿Cómo podía estar segura de que Anita no interpretaba con Lena escenas de terror estalinista? ¿Jugarían a las juventudes socialistas o a desfiles militares? ¿Le diría a Lena que Dios no existe? ¿Le daría demasiado azúcar?

Alemania me recuerda a una obra de teatro que vi una vez en mi país, dijo el señor Zhou, un chino alto y bien parecido. Lamentablemente no recuerdo el título. Salían dos hombres sentados todo el rato bajo un árbol y hablaban de cosas angustiosas y absurdas.
Esperando a Godot, dijo Charlotte. Es una obra inglesa.

Lena parecía feliz.
¿Qué habéis hecho juntas?, preguntó Charlotte a Anita. Anita se encogió de hombros.
Tonterías, dijo Lena.
¡Ah! Habéis hecho tonterías, repitió Charlotte riendo. Anita no se rió y miró al reloj.
¿Puedo irme?, preguntó.
Charlotte sacó del armario un abrigo viejo pero todavía muy bonito.
Te has abrigado poco, le dijo a Anita y le puso el abrigo en los brazos. Cuando ya no lo necesites, me lo devuelves. No es una limosna.
Anita pareció alegrarse y acarició el tejido. Era un auténtico abrigo de cachemira.
Es un abrigo de hombre, dijo Anita.
Casi siempre visto ropa de hombre, dijo Charlotte. Es más elegante.
Anita la miró pensativa.
Pues gracias. ¿Puedo irme ya?
Adiós, dijo Lena.
Me alegro de que os llevéis tan bien. Charlotte apretó suavemente el brazo a Anita.
Sin problemas, dijo Anita. Y se quedó un buen rato inmóvil, hasta que Charlotte le soltó el brazo.

Charlotte enseñó a Anita a poner y vaciar el lavaplatos, a conectar el contestador automático, a regular la calefacción, a cocinar verduras vitaminadas y a guardar los cosméticos naturales en el frigorífico. Le explicó los rudimentos de la educación libre de miedos, lo que es un fax y por qué Lena no debía ver televisión. No estaba completamente segura de que Anita comprendiera todo lo que le decía, pues siempre parecía un poco desconcertada.
La primera semana rompió dos platos. En la segunda, se estropeó el televisor.
Sólo lo he encendido mientras Lena echaba la siesta, dijo Anita con voz suave, y de repente ha dejado de funcionar.
De repente, repitió Charlotte incisiva.
Anita alzó la vista y la miró con calma.
Sí, de repente, y se puso su jersey barato de color verde espinaca.
Charlotte le regaló un jersey de angora azul índigo que ya no se ponía, porque había renovado su guardarropa en tonos marrones, y cuando descubrió que calzaban el mismo número de pie, también una bolsa llena de calzado sensatamente resistente y un par de zapatos de tacón de aguja.
¿Estás a gusto aquí?, preguntó Charlotte a Anita.
Sí, contestó Lena; y se subió a las rodillas de Anita.
El cielo es de un color diferente, dijo Anita.
Así es el cielo de Baviera, dijo Charlotte. ¿Y con nosotras? ¿Estás a gusto en nuestra casa?
Pis, dijo Lena; y cogió a Anita de la mano.
Charlotte se quedó en la cocina. Cogió una onza de una tableta de chocolate que tenía escondida en una sopera. Oía la conversación de Lena y Anita en el baño. Con la distancia no distinguía las voces. Ambas parecían voces de adulto, qué extraño.


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miércoles 28 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (2)


El primer trocito está aquí.

¿Tiene buen karma?, preguntó Robert por teléfono. Eran las diez de la mañana en Los Ángeles. Una doncella con uniforme rosa le había acercado el teléfono a la piscina.
¿Sabes dónde queda Zschopau?, le preguntó Charlotte.
Suena a zona militarizada con mucha contaminación, dijo Robert.
Eres terrible, contestó Charlotte.
Deja que Lena decida a quién debes contratar.
A la polaca la arrastró hasta el baño y le hizo creer que ya hacía pis sola.
Pues si eso no es una señal..., dijo Robert riendo.
Dorota me miraba como si pensara "¡Ricachona de mierda!".
¿Quién es Dorota?
La polaca. No me atiendes. ¿Estás solo?
Estoy en la piscina. Desde aquí se ve el hombre de Marlboro. Ahora pasa la policía. ¿Oyes la sirena?
Charlotte oyó a lo lejos el ulular de un coche patrulla, como en un telefilm. Cogió un juguetito de Lena y se lo acercó a la mejilla. Los dos guardaron silencio. La línea emitió un leve sonido.
Quisiera una niñera que me respetara, que no diera problemas y que estuviera siempre disponible, dijo.
Entonces coge a la esclava, a esa Eugenia, propuso Robert.
Me pondría de los nervios.
Es italiana, le encantan los niños.
No te lo tomas en serio, dijo Charlotte. ¿Cuándo vuelves?
No añoraba a su marido. Por el contrario, la vida se le hacía más ligera, menos grave, sin él.
Te echo de menos, dijo ella.
¿Cuál es la más barata?, preguntó él.
Anita, dijo Charlotte. No se entera de nada.
Pues coge a Anita.
Eres un capitalista asqueroso.
Yo también te echo de menos, dijo él.

Charlotte llevó a Lena la cama.
Mi pobre hijita, murmuró, tu madre es una egoísta y quiere trabajar otra vez.
En la cocina se sirvió un vaso de vino, se sentó a la mesa, se quitó el anillo de matrimonio, le ató un hilo, lo sujetó como un péndulo sobre la mesa y lo hizo oscilar entre las candidatas a niñera: entre Eugenia y Dorota ganó Dorota. Anita venció a Eugenia y Dorota a Anita. El péndulo se decidió, pues, por Dorota.
No, pensó sin embargo Charlotte, elijo a Anita de Zschopau, antigua RDA, Alemania del Este. Anita la de los zapatos de plástico. Necesita ayuda. No tiene nada. Salió de la gris y siniestra Zschopau (¿todas las ciudades del Este son así?) hacia la destelleante Múnich y ahora de mí depende que pueda concebir esperanzas o se le frustren y tenga que regresar a su vida anterior.
Charlotte se puso contenta. Se sentía importante. Puso un disco y se fumó medio cigarrillo de marihuana.
Karma, dijo para sí en voz alta, buen karma desde Zschopau.
Y se rió.

Anita llegó el primer día con media hora de retraso. Charlotte estaba fuera de sí, pero se esforzó por que Lena no lo notara. Lena le pidió que dibujara un cerdo. Tenía que haber contratado a Eugenia, pensó Charlotte enfadada y dibujó un cerdo. Malditos vagos socialistas. Por centésima vez miró por la ventana y por fin vio a Anita, corriendo por la calle, con los cabellos al viento, hacia su casa. Aunque era un gélido día de invierno, sólo vestía un delgado jersey de punto, de color verde espinaca. ¡Qué color más típico!, pensó Charlotte.
Anita subió las escaleras con el rostro congestionado por la carrera, no conseguía encontrar la estación de metro, dijo jadeando, y había venido corriendo desde la calle Brienner.
¿Desde tan lejos?, preguntó Charlotte incrédula.
¿Está enfadada?, susurró Anita.
No me trates de usted, contestó Charlotte.


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martes 27 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (1)


No he podido resistirme. Me suele suceder cuando encuentro algo que me gusta, que me lo tengo que apropiar de alguna manera, y una manera es traducirlo. También es una manera de quitarme de encima la obsesión que tengo con Doris Dörrie, la de la foto, y su libro de relatos Bin ich schön?. Así que he decidido poneros aquí un relato cortito, de diecisiete páginas. Pero como mi blog consulter me ha dicho que mejor que lo publique por entregas, así lo haré. Ahí va el primer trocito. Espero que os guste.

Buen karma desde Zschopau
Lena, la hija de dos años de Charlotte, enseguida se subió al regazo de Eugenia, de Turín. Más quizás por su jersey con brillantitos que por Eugenia misma, una cincuentona gris y de aspecto fatigado. Eugenia se vio de repente en la cocina de Charlotte, de acero nirosta, y sonrió débilmente.
¡Qué cocina más bonita!
¡Oh! Usted no tendría que limpiarla. Para mí es más importante que salga a la calle a pasear y a jugar con Lena, dijo Charlotte.
Hago de todo, añadió Eugenia, limpiar, cocinar... todo. Estoy separada.
Lena puso la manita en la cara de Eugenia.
La llamaré, dijo Charlotte. Eugenia asintió sin pronunciar palabra.

Dorota, de Warschau, trajo consigo a su hijo de tres años, que continuamente se limpiaba los mocos con la falda de su madre. Charlotte ofreció a Dorota un pañuelo de papel. Dorota lo aceptó con un encogimiento de hombros y se lo guardó en el bolso. Dorota tenía el cabello largo y rojizo y las manos fuertes y diestras. Olía a sudor. Lena tardó pocos minutos en dirigirse hacia ella, cogerla de la mano y llevarla al retrete, donde le hizo creer que podía hacer pis ella solita en su taza con forma de Volkswagen.
Dorota se tomó un café con cinco cucharadas de azúcar. Charlotte las contó sin querer.
Así que tiene usted que trabajar, dijo Dorota pasando la mano por las cortinas.
Oh, sí, voy a reincorporarme. Soy profesora en el Instituto Goethe.
Dorota la miró con calma. Su hijo se sorbió los mocos.

Anita, de Zschopau, era muy joven; tendría como mucho veintiún años y era guapa, pero de una belleza anticuadísima. Su piel seca brillaba como la madreperla y en el pelo castaño oscuro llevaba una estrecha cinta negra. Lena contempló a Anita desde una distancia prudencial y no hizo ningún intento de acercarse a ella. Mientras charlaba con Charlotte, Anita se miró los zapatos. Grises, de plástico. Todavía se los reconoce por los zapatos, pensó Charlotte. En el Oeste nadie lleva ya ese calzado. A Charlotte la impresionaron los zapatos de Anita.
¿Quién es?, preguntó Lena señalando a Anita con el dedo.
Esta es Anita, dijo Charlotte. Quizás venga a cuidarte cuando yo me vaya a trabajar.
Mamá trabaja, Lena llora, dijo Lena. Y se echó a llorar.
Pero volverá enseguida, dijo Anita con su dulce habla de Sajonia.
Charlotte se dio cuenta de que nunca había oído a una persona joven hablar en sajón. Antes en el Oeste sólo hablaban así las tías mayores y los funcionarios fugitivos de la RDA, pensó.
Sólo llevo dos semanas en Múnich, contó Anita con voz suave. Vivo en casa de una prima de mi madre, pero no puedo quedarme mucho tiempo. Si no encuentro un empleo pronto, tendré que volver a Zschopau.
Al despedirse, Anita tendió a Charlotte una manita delgada. Charlotte la vio tan frágil que la besó espontáneamente en las dos mejillas.
Ni siquiera sé dónde está Zschopau, le dijo. ¿No es terrible? Jamás he estado allí. Para mí sólo es un puntito blanco en el mapa. No sé dónde quedan las ciudades, ni por dónde pasan los ríos, ni cómo se llaman los montes. Cualquier país de Sudamérica o cualquier estado de los EEUU me resulta más familiar que la Alemania del Este, rió Charlotte.
Muchas gracias, señora Finck, respondió formal Anita.
Por favor, llámame Charlotte, le dijo con un toque cariñoso en el brazo. Me haces sentir terriblemente mayor.
Anita la miró un poco desconcertada y luego se marchó. Mientras salía, levantó la mano y se quitó la cinta del pelo.


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