
Esta novela rusa es también una ruleta rusa por lo que tiene de suicida. Porque hay que ser un destroyer, un arrojado o un verdadero inconsciente para atreverse a jugar así con la propia biografía. Si ya es un peligro escribirse una vida pretérita, medio real medio irisada, ¿qué decir, pues, de lo que hace Emmanuel Carrère, que se escribe la vida pasada, la presente y la futura? Pues eso, que es un suicidio, una ruleta rusa.
A este subgénero narrativo lo llaman autoficción o ficción biográfica (también puede decirse, a la inglesa, que es non-fiction novel) y vive dios que me gusta. Lo cultivan varios de mis favoritos, de los que ya os he hablado: Jaime Bayly, Hanif Kureishi, Fernando Vallejo... Pero creo que nadie hasta ahora (corríjanme si me equivoco) lo había llevado tan lejos como Carrère en Un roman russe. Lo ha llevado tan lejos, tan lejos, que, si yo escribiera algo así sobre mí misma y se leyera tanto como se lee la obra de Carrère, al menos en Francia, no me atrevería a salir de mi casa en varios meses ni contestaría al teléfono ni encendería el ordenador. Vale, bueno, dirán ustedes dos cosas: una, que soy demasiado pudorosa, lo cual es cierto; y dos, que cabe la posibilidad literaria de que sea todo mentira. De acuerdo, pero, entonces, ¿por qué exponer así, no sólo los propios nombres y apellidos, sino también los de la madre, el padre, la novia, los hijos...?, ¿por qué no crear un personaje igual de antipático, neurótico, cruel y estúpido, pero que no se llame como uno mismo?
A este subgénero narrativo lo llaman autoficción o ficción biográfica (también puede decirse, a la inglesa, que es non-fiction novel) y vive dios que me gusta. Lo cultivan varios de mis favoritos, de los que ya os he hablado: Jaime Bayly, Hanif Kureishi, Fernando Vallejo... Pero creo que nadie hasta ahora (corríjanme si me equivoco) lo había llevado tan lejos como Carrère en Un roman russe. Lo ha llevado tan lejos, tan lejos, que, si yo escribiera algo así sobre mí misma y se leyera tanto como se lee la obra de Carrère, al menos en Francia, no me atrevería a salir de mi casa en varios meses ni contestaría al teléfono ni encendería el ordenador. Vale, bueno, dirán ustedes dos cosas: una, que soy demasiado pudorosa, lo cual es cierto; y dos, que cabe la posibilidad literaria de que sea todo mentira. De acuerdo, pero, entonces, ¿por qué exponer así, no sólo los propios nombres y apellidos, sino también los de la madre, el padre, la novia, los hijos...?, ¿por qué no crear un personaje igual de antipático, neurótico, cruel y estúpido, pero que no se llame como uno mismo?
Pasmada me deja semejante exhibicionismo. Si no formara parte de una terapia perversa, me preguntaría a qué viene tal autoflagelación pública, tal dejar al descubierto las miserias familiares, la intimidad sexual, los cadáveres del armario, las infidelidades por ambas partes, los desamores nefandos, las heridas que aún supuran... Pero Carrère confiesa que escribe como terapia, para poder hablar por fin de ese tremendo elefante rosa que tiene en la cabeza y que no puede expulsar de ahí precisamente porque le han dicho que no piense en él: Cuando algo no se puede decir ni contar, se convierte fatalmente en lo único que se puede y se debe decir y contar.
Tal proceder será terapéutico, no soy quién para negarlo, pero el resultado es impublicable y así lo dice él mismo en la novela publicada, que lo que ha escrito no verá nunca la luz, por deferencia a su madre y a su novia.
De lo que he dicho podría deducirse que sólo se puede disfrutar con esto si se es, como yo, una maldita cotilla; pero no, no es para tanto. La novela tiene otros atractivos. Empieza más a la manera de Una semana en la nieve, con historias dentro de la historia, leyendas y brumas de las que alimentaron su infancia; esos relatos que uno se puede creer o no, pero que nunca se comprueban ni se verfican y que tampoco son forzosamente mentira. Luego se centra más en la relación entre el protagonista y su novia Sophie, que, por si no fuera ya suficientemente turbulenta, el escritor se encarga de adornar haciendo piruetas con el destino.
Además de la autoficción, Carrère dice que cultiva también la literatura performativa, la que se escribe para que sucedan cosas, pero a veces pasa como en La pata de mono, de William W. Jacobs, que Carrère cita en Una semana en la nieve: que lo que una desea que suceda, sucede y es horrible, o como en la frase de Michel Simon que aparece en Un roman russe: A fuerza de escribir cosas horribles, acaban por suceder.
Además de la autoficción, Carrère dice que cultiva también la literatura performativa, la que se escribe para que sucedan cosas, pero a veces pasa como en La pata de mono, de William W. Jacobs, que Carrère cita en Una semana en la nieve: que lo que una desea que suceda, sucede y es horrible, o como en la frase de Michel Simon que aparece en Un roman russe: A fuerza de escribir cosas horribles, acaban por suceder.




