viernes, 27 de enero de 2017

Todos los hombres del presidente

Era yo una jovencita cuando vi “Todos los hombres del presidente” por primera vez; y confieso que me aburrí soberanamente y no entendí nada. Pero algo bueno debí de ver porque, desde entonces, cada vez que me he encontrado con esta peli en la tele, que han sido muchas, me ha dejado enganchada a su estética setentera y a sus diálogos hipnóticos, de manera que, a fuerza de verla y verla, he acabado por apreciarla. Mucho.



Como quiera que volví a ver y a disfrutar "Todos los hombres del presidente" hace bien poco, decidí dedicarle un articulito y, buscando información en Internet, encontré una larga y muy bonita entrevista, de hace ya quince añazos, de Rick Lyman a StevenSoderbergh, en la que el director declara su amor por esta peli y comenta aspectos muy interesantes. Os los resumo e interpreto en Zinéfilaz

sábado, 14 de enero de 2017

Queremos tanto a Dorothy

El viernes 13 de enero me invitaron a decir unas palabritas en el acto de entrega de premios del Concurso de Cuentos "Noble Villa de Portugalete", en el que participo también como jurado, y yo me preparé una charleta, que me ha quedado emocionante y apasionada, sobre Dorothy Parker.
Os la copio aquí. A ver si os gusta.

Adiskideok, jaun-andreok, gazteok, agintariok...
Ongi etorria ematen dizuet nire lankide epaileen izenean ere bai.
Aurten niri egokitu zait sariak banatu aurreko berba apur hauek botatzea eta atsegin handiz egingo dut, aurtengo ipuinak irakurri bitartean, berehala jakin nuen-eta zertaz aritu nahi nuen.

Según leía los cuentos de este año me venía a la mente una y otra vez cuánto le debe nuestra narrativa actual al cine, me preguntaba cómo escribiríamos si no supiéramos lo que es el cine, hasta qué punto serían diferentes las escenas que dibujamos con palabras si no existieran las pantallas ni la narrativa cinematográfica en nuestras vidas.

Entonces, pensando en cine y en literatura me acordé de una escritora de cuentos que también escribió guiones para Hollywood, como muchas otras escritoras y escritores.
Me acordé de Dorothy Parker. Por si alguien no la conoce diré que nació en New Jersey en 1893 y murió en Nueva York en 1967.
Retomé sus cuentos y sus escritos y me volví a enamorar de ella.

Digo que me volví a enamorar porque ya me había enamorado otra vez hace unos años, cuando leí un volumen que recopilaba varias de sus historias breves, titulado “La soledad de las parejas”, título iconoclasta donde los haya y revelador del universo creativo de Parker.

Además de enamorarme, me propuse aprender algo de ella, obtener alguna enseñanza de su obra y, por qué no, de su vida, que fue intensa y llena de contrasentidos. Y pensé que había al menos cinco cosas que aprender de Parker.

Primera
Se puede triunfar en un entorno adverso.
Parker era de familia pobre, pasó una infancia terrible, muchas necesidades; perdió a sus padres muy joven. Según algunas fuentes dejó la escuela a los 13 años; según otras a los 18. Y ella misma decía en una entrevista a una periodista: “Si te contara mi infancia, no querrías estar conmigo ni en la misma habitación”.
Ella, que era muy víbora, muy hiriente y muy dura consigo misma, también dice que era una de esas niñas repelentes a las que les gustaba escribir y componer rimas.
Con 22 años consiguió vender un poema a Vanity Fair por doce dólares y luego la contrataron en Vogue. Volvió a Vanity Fair, de donde la despidieron por deslenguada. Así. Sin más. Y luego también escribió para New Yorker.


Segunda
Parker escribía como era y de lo que era y lo que vivía, lo que veía.  De su ciudad, NY, y de su gente; no se molestó en ambientar ningún cuento, por ejemplo, en China. Aunque sí ambientó uno en Valencia, donde estuvo durante la Guerra Civil Española. Se crio en Manhattan, apenas salió de una cuadrícula de calles y supo convertirlas en un territorio mítico. Porque entonces NY, Manhattan todavía no era el territorio mítico que hoy es. Dorothy Parker contribuyó a construirlo.
Era irónica, mordaz, sarcástica, cáustica, vitriólica, muy ingeniosa; tenía tendencia a la sátira y al humor. Y escribía así, como era. Le gustaban los juegos de palabras de esos que hacen las delicias de los traductores, pero que al traducirlos pierden toda la gracia. Le gustaban tanto que hasta puso uno en su epitafio.
No forzaba el estilo. Lo cultivaba: le llevaba 6 meses perfilar un cuento. Pero no lo forzaba. Forzar el estilo siempre es arriesgado. Hay quien lo hace genial, muy bien, pero tampoco es imprescindible.
Era contradictoria, así que podía ser jocosa, alegre y trágica a la vez. Y sabía captar las escandalosas contradicciones de lo cotidiano.
Escribía sobre sí misma. Puede decirse que toda su obra es autobiografía.

Tercera
No cultivó un solo género. Se permitía el lujo de desperdigarse, de experimentar. Bueno, en su caso, no fue por el mero gusto del experimento, sino por razones más bien alimenticias, pero la cosa es que escribió de todo. Versos satíricos para periódicos, un género muy en boga antaño y hoy ya prácticamente desaparecido; colaboró en obras de teatro para Broadway, guiones para radioteatro, guiones para Hollywood (con dos nominaciones a los Oscar) e incluso letras de canciones para musicales de Bing Crosby; críticas literarias y de teatro, que eran desconcertantes (nunca se sabía qué le iba a gustar y qué no) y, por supuesto, divertidas.
De toda su producción han perdurado mejor los cuentos, porque con ellos dio en lo clásico. Dio en el lado oscuro de la vida urbana del siglo XX. Son historias breves sobre tragedias intransferibles, gente desdichada, desventurada, heredera de la convulsión, que a la vez resultan cómicas, grotescas.

Cuarta
Cultivaba excelentemente la oralidad, lo verbal.
Sus cuentos eran puro diálogo, con nulo relleno, hasta el punto de que se han convertido en piezas teatrales breves. Tenía muy buen oído para captar las hablas neoyorquinas, la viveza, la gracia y la riqueza del lenguaje de la calle.
Y a mí esto me gusta, porque no entiendo la literatura sin el amor por la lengua.


Quinta y última
Lo que más me gusta de ella. Era sobria, ácida, incisiva y punzante. Que sabía dar donde duele, supo encontrar los puntos débiles, las flaquezas de su civilización. Sin ofender ni desagradar, pero haciendo lo que tiene que hacer el arte, que es sacudirnos, conmovernos, asaltarnos, desasosegarnos. Al menos así es la literatura que a mí me gusta, la que te provoca un respingo y te hace decir: ¡Uff, concho!

Y aquí es cuando, al hablar de lo que me gusta, me vengo arriba y declaro mi amor total, ya en plan fan girl, por Dorothy Parker, porque además de una gran escritora, es también una figura icónica, ética y estéticamente.
Adelantada a su tiempo, ecléctica. Combinaba perfectamente lo que algunos han llamado “un desmesurado pesimismo vital” con un ingenio que la hacía ser muy divertida.
Sabía derramar vitriolo y a la vez ternura y compasión por las tragedias personales.
Fue siempre pobre, pero vivió rodeada de cosmopolitismo y oropel.
Era pesimista y a la vez idealista. Fue una luchadora antirracista y legó sus bienes al movimiento de Martin Luther King. Precursora de lo que luego se llamó el “radical chic”. Sabía ser espeluznantemente frívola. Se le atribuye la frase: “Quiero vivir libre de ataduras; pero eso sí: con sombreros a la moda, y un buen servicio de habitaciones”. Porque nunca vivió en una casa, ni siquiera alquilada, sino en un hotel. En un hotel murió también.
Parecía, pues, una frívola, pero era una radical. Nada convencional y siempre elegante. Culta, refinada.
Era desdeñosa consigo misma, despreciaba su talento, pero no dejó nunca de cultivarlo para sentirse maravillosa, malvada y evanescente.
Era a la vez vital y autodestructiva. Decía: “Lo peor no es sufrir, sino dejar de disfrutar”.
Escribía sobre la desdicha y la infelicidad, y a la vez te hacía reir y te hace sentir culpable por reirte de la desgracia ajena, pero te sientes un poco menos culpable cuando comprendes que era su manera de aliviar su dolor. Era inmisericorde, pero la diana de todos esos dardos envenenados era ella misma.
Se adelantó a su tiempo, a los “haters” actuales, con una colección de poemas titulada “Canciones del odio”, donde dispara a diestro y siniestro como en una letanía, en lo que a caba siendo un tremendo ejercicio de humildad, porque quien expone sus odios expone sus flaquezas y no hay soberbia más grande que la de quien dice amar a toda la humanidad.


Dejó huella en la cultura popular norteamericana y, por tanto, occidental.
Se dice que inspiró el personaje de Carry Bradshaw en la serie “Sexo en Nueva York”.
Alan Rudolf le dedicó un largometraje y Prince, una canción: “La balada de Dorothy Parker”.
Uno de sus cuentos, “Big Blonde” fue seleccionado por Augusto Monterroso para su “Antología del cuento triste”.

Y este ha sido mi pequeño homenaje a Dorothy Parker y a su legado ético y estético.

Omenaldi xumea izan da, baina benetan bihotzekoa, eta espero dut, zuentzat, jakingarria. Besterik gabe, mila esker zuen arretagatik. Muchas gracias.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Florence Lawrence

Florence Lawrence (1886-1938) fue una actriz de Hollywood considerada la primera estrella de cine, ya que fue la primera intérprete que consiguió que su nombre apareciera en los títulos de crédito de los filmes. Actuó en casi 300 películas y, además, fue propietaria de una productora, empresaria y mujer de negocios, coleccionista de automóviles e inventora de los intermitentes y las luces de freno. Lawrence se divorció tres veces, se suicidó a la edad de 52 años y hoy reposa en el Hollywood Forever Cemetery.

Le he dedicado una entrada completa en Zinéfilaz.


Otras entradas en Zinéfilaz sobre cineastas poco conocidas:  



viernes, 16 de septiembre de 2016

viernes, 29 de julio de 2016

Doce miradas a la ciudad

El pasado 16 de junio participé, con mis compañeras de Doce Miradas, en la jornada "Ciudades y retos globales", organizada por la Cátedra Unesco, que se celebró en la Universidad de Deusto.

Como nos quedó una presentación muy chula, os pongo un enlace al blog de Doce Miradas para que le echéis un vistazo. A ver si os gusta.