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lunes 30 de junio de 2008

No tengo edad

No tengo edad
para vestirme de novia
ni para descuidar el peso
ni la depilación.

Estoy, en cambio, en la edad adecuada para comprar bolsos caros,
pagar las copas,
portarme bien con las veinteañeras
y dar yogur a la boca, a cucharaditas,
a las amigas que sufren.


Tengo edad para escribir libros,
ser corta de vista,
querer a quienes me quieren
e insultar, rápido y fuerte,
a quienes me ofenden
,
abandonar a un amante joven y bello
y celebrar
por todo lo alto
muchos cumpleaños.


El color blue está dedicado a Agatha.


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martes 3 de junio de 2008

La feria de las vanidades

Por aquel entonces no sabía yo quién era William M. Thackeray, el del retrato, ni falta que me hacía, pero ya disfrutaba con él y con su obra: ponían en Televisión Española, la única tele de mi infancia, en el espacio Novela, La feria de las vanidades, con Fiorella Faltoyano.

Era yo bastante niña y en los inviernos cantábricos, cuando a las seis de la tarde ya había caído la noche, Novela me alegraba la vida y me encaminaba, sin yo saberlo, hacia los clásicos de la literatura occidental. Ya tengo escrito por ahí, pero estoy dispuesta a repetirlo todas las veces que haga falta, que gracias a la tele me gusta la literatura; gracias, concretamente, a Estudio 1 y a Novela, que me pusieron sobre la pista de Brönte, Austen, Dostoievsky, Henry James, Dumas...

Muchos años después, hace relativamente poco, busqué el libro de Thackeray, lo conseguí, lo leí y lo disfruté enormemente, como siempre me sucede cuando regreso a los clásicos, porque allí está todo lo que perdura.

Esta introdución televisiva-novelera me sirve para decir que me voy a la Feria del Libro de Madrid, a la que yo llamo, con todo mi cariño, precisamente, con el título de este post, porque de verdad creo que tiene más que ver con la vanidad que con la literatura.

Así y todo, no suelo faltar, siempre me dejo caer por allí unos diítas, hojeo libros, compro algo, famoseo mucho y la suerte y la casualidad me han brindado la ocasión de charlar un ratito con Bryce Echenique y con Vargas Llosa, que es algo que una no hace todos los días.

Pero aún no he cumplido mi sueño: un tebeo de Mortadelo y Filemón dedicado por el propio Francisco Ibáñez. Para eso hay que hacer hasta horas de cola bajo ese sol mesetario que tan mal soportamos las norteñas y, créame, señor Ibáñez, yo lo idolatro, pero mi mitomanía tiene un límite.

Lo dicho: que me voy para allá y, entre eso y otros líos en los que me he metido, no prometo bloguear en los próximos días, porque puede que lo incumpla, aunque quizás caiga alguna crónica rosa chachi guachiflú.

Por cierto, ¿alguna o alguno de ustedes andará también por allí? Sería un placer.

Pero antes de eso, con menos vanidad y mejor hacer, tendremos a Fernando García Pañeda y a sus Tres Gymnopedias el jueves 5 de junio, a las 19:00, en la Feria del Libro de Bilbao, en El Arenal, concretamente en la caseta de La Librería de Deusto. Ahí también nos vemos y de eso también escribiremos algo. Anímense.


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martes 11 de marzo de 2008

Éramos pocos y parió Sicilia


Lo que me faltaba. No tenía yo poco entretenimiento con toda la fauna fan del género negro que pulula por la red y vienen dos locos y dos locas a darme más pasto.

Han fundado estos cuatro El Clan de los Sicilianos y se proponen, según dicen, más que nada, divertirse y divertir al personal. Seguro que lo consiguen.


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sábado 23 de febrero de 2008

Muerte en el "reality show" (y 2)


Decíamos ayer que la trama de Muerte en el "reality show" se prestaba a intercalar reflexiones sobre la televisión y sus fenómenos. Silva no lo dice, pero el "reality" de la novela se parece mucho al famoso Gran Hermano o Big Brother, según los países, y la repercusión social que alcanza el programa se parece mucho a la que alcanzó en Francia en su primera edición. Allá el fenómeno se "intelectualizó" bastante más que en otros sitios, de manera que a diario se podían leer interesantes artículos y reflexiones al respecto en Le Monde.

Ya que eran previsibles algunas palabritas sobre los sucesos televisivos de la última era, servidora esperaba un poco más de originalidad, un punto de vista más abierto, más personal, diferente, que es a lo que me tiene acostumbrada Silva. Sin embargo, ya en la línea 11 de la novela se refiere al programa en cuestión como "sumidero"; mis esperanzas comienzan a desvanecerse y siguen haciéndolo en la línea 20, cuando lo llama "engendro". En fin, que nada más empezar, ya pone el letrero de "mierda" a un producto televisivo del que, de momento, lo único que sabemos es que tiene un éxito arrollador. Sólo por eso ya es moralmente condenable.

Los participantes en el ficticio "reality" no se libran del insulto: se dice de uno, por ejemplo, que tiene "semblante bovino", en general los califica de "fauna" y se pregunta "de qué circo los han sacado". También deja escapar cierto olor a prejuicio racista cuando habla de un "mantenido cubano". Por cierto, los nombres y descricipciones de estos famosetes nos hacen pensar en personajes reales y convierten casi la novelita en un "roman à clé".

No paran los insultos ahí: a los telespectadores del programa los llama "tarados". Así califica de un plumazo a millones de personas, por las buenas, sin más, con un desprecio por las masas que tiene muy poco de democrático. ¿Cómo es que tiene derecho al voto esta gente?, se me ocurre a mí. ¡Que se les niegue, por Dios! ¡Podrían votar a Ruiz Mateos o a Berlusconi!

Sin embargo, me reconcilio finalmente con Silva cuando deja bien parada a una concursante ex prostituta de mente clara y habla aun más diáfana y cuando culpa de los excesos televisivos a quien fuerza la máquina en busca del "más difícil todavía" y no calcula las consecuencias o piensa cínicamente que no tienen nada que ver con él.

Y yo, puesta repartir más las culpas, no me voy a privar de señalar con el dedo a quienes nos sentimos infinita, errónea y estúpidamente superiores observando a gentes que son exactamente igual que nosotros, que han salido de cualquier comunidad de vecinos en la que todos se odian, de cualquier barrio, de cualquier oficina o taller, pero que, bajo las luces, con el enfoque adecuado, resultan tan friquis como resultaríamos todos.


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martes 8 de enero de 2008

Impostura (IV)

Suele suceder: te pasas la vida sin reparar en algo y, una vez que lo haces, se te aparece por todas partes. Eso me está ocurriendo con la impostura: me paré a reflexionar dos minutos sobre el asunto, parí tres capítulos (I, II y III) y ahora me encuentro impostores en el café con leche.

A Christopher Rocancourt me lo he topado en el Vanity Fair de noviembre. No conocía su existencia, pero llego tarde: hay abundante material sobre él en la red, también circula por ahí un reportaje televisivo que no he visto, y hasta tiene web propia: http://www.rocancourt.com/.

Os resumo su edificante historia. Rocancourt es hijo de una prostituta y un alcohólico. Se crió en un orfanato de Normandía. De allí pasó a las calles de París y de París a Rodeo Drive. En California se hizo pasar por el millonario playboy Cristopher Rockefeller y timó a montones de americanos: les vendía casas que no le pertenecían y los convencía para que invirtieran en cosas inexistentes, claro. También se hizo pasar por estrella de cine, boxeador, hijo de Sofía Loren y sobrino de Dino de Laurentiis.

Lo arrestaron en la Columbia Británica en abril de 2001. En la cárcel concedió entrevistas a a 60 Minutes y The New Yorker y se convirtió en una celebridad en Francia, donde, al parecer, hacía mucha gracia que un paisanito pobretón hubiera tomado el pelo a americanotes forrados de pasta.

En 2003 escribió un libro, Yo, Cristophe Rocancourt, huérfano, playboy y presidiario, un exitazo de ventas en Francia.

Lo juzgaron, lo declararon culpable, pasó cuatro años en una cárcel de Pennsylvania y fue enviado a Francia en 2006. En París lo recibieron como a una estrella, concedió entrevistas a un montón de medios e incluso se habló de comercializar una línea de moda que llevara su nombre.

Escribió otro best-seller, Mis vidas, y un tercero: Estafas. Historias reales. Hoy vive en París; tiene esposa (una ex Miss Francia y conejita de "Playboy"), hija, agente de prensa y, como ya he dicho, web propia (fea que te mueres; no os perdáis a su señora, bien guapa, medio en bolas).

Se habla también de una película sobre su vida con Edward Norton y Heath Ledger.

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sábado 24 de noviembre de 2007

Algo que dijo Atxaga

En la literatura apenas aparecía el pueblo llano; sólo en los géneros cómicos. Luego sucedió que algunos de esos géneros cómicos se hicieron muy importantes en la historia de la literatura y nació, por ejemplo, la novela picaresca. Pero en un principio, la gente humilde sólo aparecía en la literatura para hacer el ridículo.

Ahora sucede más o menos lo mismo en la televisión. Si eres de clase baja, puedes aparecer, pero será para que la gente de ría de ti, oyendo tus tonterías.

Bernardo Atxaga en el Fórum Bilbo Zaharra.
Bilbao, 1 de diciembre de 2001.
La traducción es mía.
El texto completo de la conferencia está aquí.

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domingo 11 de noviembre de 2007

Lingüística y política

Un interesante batiburrillo de ideas nos ofreció Umberto Eco hace unos días en Le Figaro Magazine. El hombre anda concediendo entrevistas porque acaba de publicar dos ensayos en francés: uno sobre la traducción y otro sobre la fealdad.

Os traduzco, resumo y adapto la entrevista. Si queréis leer la original, la tenéis aquí.

(...) Un traductor tiene que saber negociar. Es imposible traducir perfectamente, pues de una lengua a otra no hay jamás una sinonimia perfecta. La negociación se ha hecho importantísima tanto en semántica como en política. Cuando no hay negociación, hay guerra. La negociación era una de las características de la guerra fría. Los dos bloques funcionaban así: "Yo no pongo los pies en tu terriorio y tú los quitas del mío. Yo limito la produción de armas atómicas y tú dejas de fabricarlas." Era una forma de negociación silenciosa, implícita. Hoy hemos perdido ese saber negociar. Hemos vuelto a la política de los cañonazos, al choque frontal.


(...) Nuestra época, con sus grandes movimientos migratorios, me recuerda a la caída del Imperio Romano, hacia el año 500. Tras la caída del imperio soviético, el americano comienza también a tambalearse. Podría compararse el incendio de Roma con el desplome de las Torres Gemelas.


(...) Una característica de nuestra época es la velocidad. Pero también la aceleración. Escribimos con pluma durante siglos; a máquina, durante ciento cincuenta años; y ahora cambiamos de ordenador muy a menudo. Y con esto entra en conflicto otra característica: que vivimos más años. En la época napoleónica, alguien que muriera a los cuarenta sólo habría conocido un cambio histórico. Hoy puede haber gente que haya vivido la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Unión Soviética y el desplome de las Torres Gemelas. Tenemos una vida más larga, pero también más alocada. Debemos enfrentarnos a una sucesión casi insoportable de cambios.


(...) Por un lado, tenemos un lenguaje cada vez más reducido. Pero, por otro, la televisión nos proporciona un bagaje léxico medio relativamente importante. Un taxista italiano que conozco emplea palabras que su padre desconocía, porque las ha oído en la tele. Es una especie de compensación.


(...) Oigo a menudo quejas porque supuestamente la gente ya no lee. Sin embargo, hoy lee mucha más gente que hace un siglo. En los grandes almacenes se ven centenares de personas hojeando libros. En cambio, cuando yo era joven, las librerías no eran lugares para todos los públicos.


(...) Las imágenes no son exclusivas de nuestra época. Siempre ha habido imágenes. Una catedral gótica es como un televisor repleto de imágenes para los pobres, para los analfabetos.


(...) Los libros nunca cambian el presente; sólo pueden cambiar el futuro. Tú lees un libro y puede que ejerza sobre ti una influencia profunda. Poco a poco, vas cambiando tu manera de pensar, tu personalidad, y mañana, o pasado mañana, te comportarás de forma diferente. Es un error pedir a los intelectuales que resuelvan los problemas del mundo.



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lunes 2 de julio de 2007

A vueltas con la tele

Tengo yo una cruzada personal con el asunto este de la televisión, algo de lo que se habla mucho (y muy a lo bobo), se sabe poco, se reflexiona menos y se teoriza casi nada. Por eso aprovecho todo lo que encuentro por ahí disperso para construir, aunque sea a retazos, algo que merezca la pena decirse.

Cae en mis manos una entrevista ya un poco vieja (enero de 2006) realizada a Michael Haneke en El Cultural de El Mundo. Haneke es, entre otras cosas, el director de Caché, una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos, y de la inquietante e inclasificable La pianista. Dice en la entrevista este buen hombre:

Las imágenes son el arma más poderosa para dominar la mente. Me preocupa el rol de la televisión como el símbolo de la representación de la violencia en los medios. Y como causante de la gran crisis que supone su influencia en la pérdida de la noción de la realidad y la desorientación generalizada. La alienación es
un problema muy grave y la televisión desempeña un papel predominante.

Dejando al margen si estoy o no de acuerdo con Haneke, me gusta de lo que dice que concede importancia al fenómeno, que se acerca a él con espíritu crítico y analítico, y no sólo con rechazo frontal.

La crítica literaria ve también la huella de la televisión en la obra literaria de Hanif Kureishi. Así, en su novela El regalo de Gabriel se aprecia un tono de comedia que quizás venga de la pasión declarada del escritor por las comedias de situación televisivas. Es más: Kureishi practica, como en las teleseries, el cross over y hace que los protagonistas de El buda de los suburbios aparezcan brevemente en El regalo de Gabriel.

También en su novela El cuerpo analiza Kureishi el culto a la celebridad, algo que tiene mucho que ver con la cultura televisiva actual. Dice en una entrevista al respecto:

Crecí con las celebridades. En mis tiempos todo el mundo vivía en torno a los Beatles, pero las celebridades se han vuelto más interesantes, complicadas y veneradas que nunca. Mi biblia es la revista "Hello"; me intriga el porqué de tan superlativo interés. Quizás todo el mundo piense que detrás del "glamour" se esconden vidas fascinantes.

El Statcounter da para mucho. El 24 de abril de este año, una persona de Honduras permaneció en mi blog 56 minutos y 6 segundos, es decir, un buen rato. Vino a parar aquí después de haber tecleado en Google porque me gusta mas la television que la literatura (sic). Esa frase la pueden suscribir millones de seres humanos, si a los hechos nos remitimos. Por favor, a mí no me obliguéis a elegir.

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martes 24 de abril de 2007

Así transcurrió lo de Juan Bas

Ayer, 23 de abril, para celebrar el Día del Libro, el Ayuntamiento de Portugalete organizó una charla del escritor bilbaíno Juan Bas, un señor que en casi todos los títulos de sus obras hace referencia al comer o al beber: Alacranes en su tinta, La taberna de los tres monos, Tratado sobre la resaca, Voracidad…

Presentó la charla Javier Maura, otro novelista bilbaíno. Maura nos adelantó varias cosas interesantes sobre Bas: que está traducido a cinco idiomas y que, además de escritor de novelas, también es guionista (por ejemplo, de Farmacia de guardia y Turno de oficio, dos series de televisión muy conocidas en España) y columnista; ha publicado también obras de literatura infantil y juvenil y relatos cortos.

Javier Maura nos hizo apreciar el lado hedonista, vividor, de Bas, su humor negro y el gusto por el exceso. Es un irreverente que se atreve a arremeter contra lo más sagrado de su mundo local: el Athletic Club de Fútbol de Bilbao.

Para Javier Maura, la mejor novela de Bas es La cuenta atrás, donde narra la gloria y el declive de un personaje literario donde los haya: un levantador de piedras guipuzcoano promocionado a boxeador de éxito.

Esta historia, basada, como algunas teleseries, en hechos reales, nos pone ya en el territorio favorito de Bas, donde la ficción y la realidad se (con)funden. La colisión de ambos mundos se hace visible, en opinión del propio Bas, en las ferias de libros donde los autores firman sus ejemplares y tienen la ocasión de charlar un ratito con su público lector. Allí al bueno de Bas le ha pasado de todo: le han confundido con el librero, ha presenciado conversaciones en las que calificaban sus novelas como “una mierda” y le han pedido una segunda parte de “Calamares con tomate”.

Si la literatura se entremezcla con la realidad, qué decir de la ficción fílmica, de la televisión. De esto también sabe Bas un rato, tras su experiencia en Páginas ocultas de la historia, una serie de Televisión Española sobre episodios de la historia de España que jamás ocurrieron.

Aquí y en otras series con mucha más audiencia, como Farmacia de guardia, pudo constatar hasta dónde llega el inmenso poder de la televisión. Y coincido con él en que la televisión es un juguete demasiado poderoso como para tratarlo, como sucede habitualmente, con altivez y desprecio intelectual.

Cuenta que, en las visitas al plató donde se rodaba la serie, veía cómo el público hablaba a los actores dirigiéndose en realidad a sus personajes. También conoció el caso de una actriz starlette que no sabía bien hasta dónde llegaba su propia vida y dónde empezaba su personaje. Eso le hizo pensar en estrellas como Bela Lugosi o Johnny Weissmuller, que, al final de sus vidas, demenciados, dormía en un ataúd, el uno, y aullaba como en la selva, el otro.

La novela de Juan Bas que más ha llegado y que más se ha vendido es Alacranes en su tinta. Además, se sigue vendiendo, poquito a poquito, pero continuadamente, años después de su aparición. Bas dice que no sabe por qué: yo sé que es por el boca-oreja y porque a todos nos gusta reírnos. Es opinión general que se trata de un libro tronchante y que, sorprendentemente, a pesar de ser muy local, muy de Bilbao, ha gustado bastante en Alemania.

Alacranes, en Bilbao, también ha traspasado las barreras de la ficción y se ha instalado en la realidad, dando pie a alguna que otra leyenda urbana y, sobre todo, a un restaurante que se llama como un bar de pinchos del relato: El Mapamundi de Bilbao.

Para terminar, volvió Bas a las ferias de libros, pues en una de ellas oyó lo más hermoso que le han dicho como escritor, de labios de un lector: que la ficción sirve para escapar de la realidad y hacerla menos atroz, y que leyendo se vuelve la vida mucho más soportable y más ligera.

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lunes 19 de marzo de 2007

La televisión es nutritiva

Cuando yo era pequeña, mis papis no tenían tele. Subían por las noches a verla a casa de un vecino. Y me llevaban con ellos, claro. Al acabar la emisión, salía Franco y entonces yo cogía unos berrinches tremendos y me bajaban por las escaleras pataleando y llorando. Mis papis interpretan que yo tenía manía a Franco, pero no necesito a Freud para saber que lloraba porque se acababa la televisión.

Años después he visto en la tele estupendas adaptaciones de Dostoievsky (¡qué inmenso Emilio Gutiérrez Caba en "El idiota"!), Henry James (Enriqueta Carballeira en "Las bostonianas") o Charlotte Brontë (¡qué miedo pasé cuando la loca de Jane Eyre se puso su velo de novia!). Por no hablar de Sancho Gracia haciendo de D'Artagnan, que eso sí que era droga dura para la infancia. Sinceramente creo que, si me gusta la literatura, es gracias a "Novela" y a "Estudio 1".

Y todo todito el cine clásico me lo he visto yo en la tele. ¿O creéis que en mi barrio programaban "El acorazado Potemkin"?

Además, para cualquiera que tenga una mínima veleidad literaria y capacidad de escándalo, la tele no tiene precio. Mirad lo que dice Roger Wolfe en "Oigo girar los motores de la muerte":

... tengo que reconocer sin ningún pudor que disfruto (...) de los llamados programas-basura. Son impagables para un escritor. Reflejan con todo su patetismo e intensidad el esplendor y la miseria (...) del género humano y su irrisoria condición. Y todo ello sin que tenga uno que moverse de casa.

En fin, que no creo en absoluto que lo literario sea enemigo de lo audiovisual. Otro día hablaremos del desprecio intelectual por el puro entretenimiento y por la presunta subcultura. Es mucha tela y hoy no tengo ganas.


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