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sábado 31 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (y 5)


Leed aquí los fragmentos anteriores: 1, 2, 3 y 4.

Dos días después, Charlotte se encontró por casualidad con Anita y Mirko en la calle. Casi no reconoció a Anita, porque llevaba los zapatos de tacón de charol negro que le había regalado, el pelo cardado, lápiz también negro en los ojos, rojo carmesí en los labios y esmalte plateado de uñas. Ahora tiene el mismo aspecto que todas, pensó Charlotte decepcionada. Qué lástima, malditos los del Oeste y su idea caduca de la belleza.

Ésta es mi amiga Charlotte, dijo Anita altanera. Mirko hizo un leve gesto de asentimiento. Era pequeño y tenía la piel azulada por el frío. Llevaba puesto el abrigo de cachemira de Charlotte.

Mirko hace tonterías, dijo Lena a Charlotte de repente, durante el baño.
¿Qué hace?, preguntó Charlotte intrigada.
Lena se rió, feliz.
¡Pam, pam, pam!, y dirigió el mando de la ducha hacia Charlotte como apuntándola con un arma.
Charlotte prohibió a Anita traer a Mirko a casa cuando estuviera Lena.
Creo que se altera cuando estáis juntos, dijo a Anita. Especialmente ahora que su padre está fuera.
Anita la miró un poco desconcertada, con sus ojos de lechuza pintados de negro. Desde que se habían encontrado por casualidad en la calle, siempre la veía maquillada.
Y por favor no juguéis a la guerra con ella, prosiguió Charlotte. No me gusta. Y no le des hamburguesas para comer. He visto los envoltorios en la basura. La alimentación saludable es cuestión de educación.
Yo odio la comida sana, dijo Anita despacio.
Tú no tienes ni idea de lo que es eso. Te has pasado la vida alimentándote mal, alzó la voz Charlotte enfadada. Tras una breve pausa añadió en voz baja: Lo siento. Ha estado mal lo que te he dicho. Perdón.
Anita se encogió de hombros.
Me alegro mucho de haberte encontrado, dijo Charlotte verdaderamente alegre. Abrazó a Anita y la estrechó tanto que le pareció que retrocedía ligeramente, pero no podía estar segura.

Los alumnos chinos habían organizado una visita de tres días a los palacios reales e invitaron a Charlotte a acompañarlos. Zhou la cogió de la mano:
Por favor, le había dicho. Sin usted no lo pasaremos bien.
Te pago cien marcos al día, dijo Charlotte a Anita, más lo que haga falta para que comáis Lena y tú. ¿De acuerdo?
Anita sonrió y aceptó el trato. Luego dijo:
Pero primero tengo que preguntarle a Mirko, porque no le gusta dormir solo.
Y se retiró el cabello del rostro. Hacía ya tiempo que no llevaba su antiguo peinado pasado de moda.
Charlotte se alejó y miró por la ventana. ¿Pasaré la noche con Zhou?, pensó.
Mirko puede venir a dormir a casa, dijo luego, pero no me gustaría que Lena pensara que vosotros sois sus padres. ¿Comprendes? No me gustaría que Mirko se convirtiera en su figura masculina de referencia.
Figura masculina de referencia, repitió Anita. ¿Qué hace tu marido en América?
Oh, dijo Charlotte despreocupada, está trabajando.
Anita la miró atentamente, como si esperara más información. Luego Charlotte sigió hablando.
Necesitamos vacaciones mutuas. Nos gusta estar solos de vez en cuando, no ser siempre pareja. Quizás no lo comprendas.
Hmmm, dijo Anita. Yo lo comprendo todo.
Se miraron y se rieron.
Esta mocosa dice que me comprende, pensó Charlotte desconcertada.

Durante la noche anterior al viaje Charlotte apenas pudo dormir. Iba a estar sola por primera vez desde que tenía a Lena. Podría meditar, ir sola al retrete, comer en paz y silencio, tontear con los hombres, dormir. Anotó cuidadosamente todos los números de teléfono para emergencias y redactó un verdadero catálogo con todas las instrucciones que se le ocurrieron: No dar caramelos a Lena. Guardar bien el detergente. El mango de la sartén, hacia adentro. No dejar a Lena sola en la bañera.
Anita llegó puntual a las seis y media de la mañana, con un bolsito de plástico colgado de un hombro. Estaba extrañamente pálida.
Tengo que decirte algo, dijo en voz tan baja que Charlotte apenas la oyó. Cien marcos al día es poco. Miró hacia abajo, hacia los zapatos de Charlotte que llevaba calzados. Me he informado.
En los ojos de Charlotte centelleó, como una luz roja de neón, una palabra: DESAGRADECIDA. DESAGRADECIDA. DESAGRADECIDA.
Ah, dijo Charlotte fríamente. ¿Cuánto?
Trescientos al día, respondió Anita sin mirarla.
Guardaron silencio. A Charlotte le ardía la cara de enfado.
Yo no cobro ningún subsidio, ni salario mínimo ni renta social ni nada, musitó Anita mirando otra vez hacia las puntas doradas de sus zapatos.
Eso se lo ha enseñado Mirko, pensó Charlotte. Qué mal bicho. Me quiere chantajear.
Y preguntó a Anita con voz suave, defraudada:
¿De verdad crees que te trato mal? ¿Yo te trato mal?
De repente, Anita se echó a llorar. La máscara de pestañas barata le dibujó amplios surcos negros sobre la cara.
Me sabe mal discutir por dinero, esnifó.
Charlotte le dio un pañuelo de papel. Anita dejó caer la cabeza sobre la mesa y siguió llorando. Charlotte la tomó entre sus brazos desengañados. Maldita rata. Y yo que pensaba que tenía que ayudarte.
Mi tren sale dentro de veinte minutos, dijo.
Anita levantó la cabeza del mantel de plástico azul y se encogió de hombros.
Charlotte permaneció callada, implacable.
Anita cogió su cartera del bolso, sacó una fotografía y la dejó sobre la mesa. Charlotte la cogió. Anita, con el pelo teñido de rubio y unos pendientes enormes, llevaba en brazos a un bebé regordete con un pijamita de color lila. Junto a ella, un hombre rubio y pálido, cuyo rostro era ya irreconocible, de tan gastada que estaba la foto. Anita apuntó con el dedo al vientre de Charlotte y cruzó los brazos a la altura de las caderas. Luego levantó la mirada hacia Charlotte. Tenía los ojos secos.
Doscientos, susurró.
Ciento cincuenta, dijo Charlotte.



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viernes 30 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (4)


Leed aquí las partes 1, 2 y 3.

Lena se despertó llorando a las cuatro de la madrugada.
¡Nita! ¡Nita!
Ya viene, dijo Charlotte. Se quedó de pie, mareada de cansancio, junto a la cama de Lena, y se inclinó hacia la niña.
Ahora tienes que dormir un poco y luego viene Anita.
Lena la miraba dubitativa. Su pequeña caja torácica subía y bajaba.
Nita, susurró y miró más allá de Charlotte, hacia la oscuridad.

Charlotte telefoneó a Robert. Justo salía a cenar.
Sólo le deja a Anita limpiarle el culete, dijo.
¿Qué prefieres?, preguntó Robert. ¿Que la quiera o que la odie?
No tendría que quererla más que a mí, dijo Charlotte e intentó reírse. ¿Con quién vas a cenar?
Con cuatro señores aburridos vestidos de negro.
Ajá.
Ya llego tarde, dijo Robert. Que duermas bien.
Sí, dijo Charlotte.

Invitó al señor Zhou, el apuesto chino, a tomar café en casa.
Zhou debió de enteder mal la invitación, pues se presentó con una mochila llena de comida, un wok y utensilios de cocina chinos.
¿Dónde está la cocina?, preguntó. ¿Cómo se llama su hija?
Ésta no es mi hija, es la niñera. Se llama Anita. Y ésta es Lena. Pero no debería molestarse en cocinar. Por favor, Zhou. Yo quería invitarle a tomar café, a la típica sobremesa alemana, a charlar un rato...
¿No le gusta la comida china?
Oh, sí, claro que me gusta, dijo Charlotte.
Zhou se pasó cocinando una media hora y luego no comió nada.
Charlotte cambió los palillos por un tenedor, para no poner a Anita en un aprieto.
Zhou observaba a las tres mientras comían y, cuando se les vaciaba el plato, les descubría una nueva delicia.
A un plato yin le sigue un plato yan, explicó.
Que aproveche, dijo Lena y cogió a Zhou de la mano. Luego tomó un puñado de arroz y se lo esparció por la cabeza a Charlotte.
Anita le dio un golpecito en los dedos.
Con la comida no se juega, le dijo enérgica. Zhou asintió y sirvió finalmente una sopa.
Guardó otra vez su wok.
Tiene usted una sonrisa preciosa, le dijo a modo de despedida a Charlotte. De vuelta en la cocina, Charlotte se rió.
Está enamorado de ti, dijo Anita.
¿Qué?, siguió riendo Charlotte.
Te miraba todo el rato a los ojos.
Anita recogía con los palillos de Charlotte los granos de arroz esparcidos por la mesa.
Me estás tomando el pelo, dijo Charlotte. Anita la miró con ojos limpios y dijo que no con la cabeza.
Llevaron juntas a Lena a la cama. La niña insistió en rezar con las dos.
Jesusito de mi vida, haz que sea buena y que vaya al cielo, rezó Anita.
Sabe comer con palillos y rezar, pensaba Charlotte. Me miente.
Anita se puso la chaqueta. No la había visto ni una sola vez con el jersey azul de angora ni con el abrigo de cachemira que le había regalado.
Quédate un momento, dijo Charlotte; y le puso una mano sobre los hombros. Si te apetece, claro.
Anita se quedó un momento contemplando la mano de Charlotte sobre su hombro y luego se quitó la chaqueta.
Charlotte le ofreció un vaso de vino.
Cuéntame algo de ti, le dijo. ¿Tienes novio?
Se llama Mirko y es yugoslavo, respondió Anita obediente.
Pobrecillo, dijo Charlotte.
¿Por qué?
Esa horrible guerra, ese odio, esa crueldad con la que se tratan entre ellos. ¿Qué es? ¿Serbio? ¿Croata?
Anita se encogió de hombros.
¿Nunca le has preguntado de dónde es?
No, contestó Anita, él tampoco me pregunta a mí.
Llevaba tres semanas viviendo con él en un apartamento minúsculo. Mirko era camarero en un café-teatro. Anita lo esperaba a la salida todas las noches a las tres de la madrugada.
No vaya a ser que se lo liguen esas tías del Oeste, dijo a Charlotte.
¿Qué hacéis cuando estáis juntos?, preguntó Charlotte. Anita la miró sin comprender la pregunta. Quiero decir, cuando no estáis en la cama, añadió con una sonrisita.
Nada, dijo Anita.
Pero algo tenéis que hacer.
Anita permaneció en silencio.
A veces vamos con Lena al zoo, dijo por fin.
¡Ah! ¿Lena lo conoce?, preguntó Charlotte sorprendida.
Vemos vídeos. Sin Lena, claro, dijo Anita; y se bebió el vino de un trago. Charlotte brindó por ella.
¿Y qué películas veis?
Ayer vimos "Las caras de la muerte". Es un documental que le ha prestado a Mirko un amigo. Se ve cómo cuelgan a uno y a otro lo decapitan en África o por ahí, y en China, o en el Tibet, no sé, cuando te mueres, cogen tu cadáver y lo despedazan con un hacha grande, y el tronco lo dejan para que se lo coman los buitres. A una mujer la parten por la mitad, que se le ven las costillas, y suena como cuando el carnicero despedaza un bicho y saca una pierna, los brazos y la cabeza, que cuesta cortarla y tienen que darle unos cuantos hachazos, y luego se ve que ha salido despedida bastante lejos, por el monte, y justo vienen los buitres, se posan encima y le pican los ojos. Eso era gracioso, porque parecía que estaba enterrada y sólo le sobresalía la cabeza, con esos pájaros gigantes encima... Anita calló. Charlotte la rodeó con sus brazos.


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jueves 29 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (3)


Leed aquí las partes 1 y 2.

Un alumno de Charlotte, profesor, a su vez, de alemán en China, describió su impresión sobre Alemania y Charlotte se puso a reflexionar sobre la relación entre Anita y Lena. ¿Sabía Anita quitar y poner el pelo a los muñequitos de Playmobil? ¿Sabía quién era el tigre Kaspar? ¿Y el oso? ¿Cómo podía estar segura de que Anita no interpretaba con Lena escenas de terror estalinista? ¿Jugarían a las juventudes socialistas o a desfiles militares? ¿Le diría a Lena que Dios no existe? ¿Le daría demasiado azúcar?

Alemania me recuerda a una obra de teatro que vi una vez en mi país, dijo el señor Zhou, un chino alto y bien parecido. Lamentablemente no recuerdo el título. Salían dos hombres sentados todo el rato bajo un árbol y hablaban de cosas angustiosas y absurdas.
Esperando a Godot, dijo Charlotte. Es una obra inglesa.

Lena parecía feliz.
¿Qué habéis hecho juntas?, preguntó Charlotte a Anita. Anita se encogió de hombros.
Tonterías, dijo Lena.
¡Ah! Habéis hecho tonterías, repitió Charlotte riendo. Anita no se rió y miró al reloj.
¿Puedo irme?, preguntó.
Charlotte sacó del armario un abrigo viejo pero todavía muy bonito.
Te has abrigado poco, le dijo a Anita y le puso el abrigo en los brazos. Cuando ya no lo necesites, me lo devuelves. No es una limosna.
Anita pareció alegrarse y acarició el tejido. Era un auténtico abrigo de cachemira.
Es un abrigo de hombre, dijo Anita.
Casi siempre visto ropa de hombre, dijo Charlotte. Es más elegante.
Anita la miró pensativa.
Pues gracias. ¿Puedo irme ya?
Adiós, dijo Lena.
Me alegro de que os llevéis tan bien. Charlotte apretó suavemente el brazo a Anita.
Sin problemas, dijo Anita. Y se quedó un buen rato inmóvil, hasta que Charlotte le soltó el brazo.

Charlotte enseñó a Anita a poner y vaciar el lavaplatos, a conectar el contestador automático, a regular la calefacción, a cocinar verduras vitaminadas y a guardar los cosméticos naturales en el frigorífico. Le explicó los rudimentos de la educación libre de miedos, lo que es un fax y por qué Lena no debía ver televisión. No estaba completamente segura de que Anita comprendiera todo lo que le decía, pues siempre parecía un poco desconcertada.
La primera semana rompió dos platos. En la segunda, se estropeó el televisor.
Sólo lo he encendido mientras Lena echaba la siesta, dijo Anita con voz suave, y de repente ha dejado de funcionar.
De repente, repitió Charlotte incisiva.
Anita alzó la vista y la miró con calma.
Sí, de repente, y se puso su jersey barato de color verde espinaca.
Charlotte le regaló un jersey de angora azul índigo que ya no se ponía, porque había renovado su guardarropa en tonos marrones, y cuando descubrió que calzaban el mismo número de pie, también una bolsa llena de calzado sensatamente resistente y un par de zapatos de tacón de aguja.
¿Estás a gusto aquí?, preguntó Charlotte a Anita.
Sí, contestó Lena; y se subió a las rodillas de Anita.
El cielo es de un color diferente, dijo Anita.
Así es el cielo de Baviera, dijo Charlotte. ¿Y con nosotras? ¿Estás a gusto en nuestra casa?
Pis, dijo Lena; y cogió a Anita de la mano.
Charlotte se quedó en la cocina. Cogió una onza de una tableta de chocolate que tenía escondida en una sopera. Oía la conversación de Lena y Anita en el baño. Con la distancia no distinguía las voces. Ambas parecían voces de adulto, qué extraño.


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miércoles 28 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (2)


El primer trocito está aquí.

¿Tiene buen karma?, preguntó Robert por teléfono. Eran las diez de la mañana en Los Ángeles. Una doncella con uniforme rosa le había acercado el teléfono a la piscina.
¿Sabes dónde queda Zschopau?, le preguntó Charlotte.
Suena a zona militarizada con mucha contaminación, dijo Robert.
Eres terrible, contestó Charlotte.
Deja que Lena decida a quién debes contratar.
A la polaca la arrastró hasta el baño y le hizo creer que ya hacía pis sola.
Pues si eso no es una señal..., dijo Robert riendo.
Dorota me miraba como si pensara "¡Ricachona de mierda!".
¿Quién es Dorota?
La polaca. No me atiendes. ¿Estás solo?
Estoy en la piscina. Desde aquí se ve el hombre de Marlboro. Ahora pasa la policía. ¿Oyes la sirena?
Charlotte oyó a lo lejos el ulular de un coche patrulla, como en un telefilm. Cogió un juguetito de Lena y se lo acercó a la mejilla. Los dos guardaron silencio. La línea emitió un leve sonido.
Quisiera una niñera que me respetara, que no diera problemas y que estuviera siempre disponible, dijo.
Entonces coge a la esclava, a esa Eugenia, propuso Robert.
Me pondría de los nervios.
Es italiana, le encantan los niños.
No te lo tomas en serio, dijo Charlotte. ¿Cuándo vuelves?
No añoraba a su marido. Por el contrario, la vida se le hacía más ligera, menos grave, sin él.
Te echo de menos, dijo ella.
¿Cuál es la más barata?, preguntó él.
Anita, dijo Charlotte. No se entera de nada.
Pues coge a Anita.
Eres un capitalista asqueroso.
Yo también te echo de menos, dijo él.

Charlotte llevó a Lena la cama.
Mi pobre hijita, murmuró, tu madre es una egoísta y quiere trabajar otra vez.
En la cocina se sirvió un vaso de vino, se sentó a la mesa, se quitó el anillo de matrimonio, le ató un hilo, lo sujetó como un péndulo sobre la mesa y lo hizo oscilar entre las candidatas a niñera: entre Eugenia y Dorota ganó Dorota. Anita venció a Eugenia y Dorota a Anita. El péndulo se decidió, pues, por Dorota.
No, pensó sin embargo Charlotte, elijo a Anita de Zschopau, antigua RDA, Alemania del Este. Anita la de los zapatos de plástico. Necesita ayuda. No tiene nada. Salió de la gris y siniestra Zschopau (¿todas las ciudades del Este son así?) hacia la destelleante Múnich y ahora de mí depende que pueda concebir esperanzas o se le frustren y tenga que regresar a su vida anterior.
Charlotte se puso contenta. Se sentía importante. Puso un disco y se fumó medio cigarrillo de marihuana.
Karma, dijo para sí en voz alta, buen karma desde Zschopau.
Y se rió.

Anita llegó el primer día con media hora de retraso. Charlotte estaba fuera de sí, pero se esforzó por que Lena no lo notara. Lena le pidió que dibujara un cerdo. Tenía que haber contratado a Eugenia, pensó Charlotte enfadada y dibujó un cerdo. Malditos vagos socialistas. Por centésima vez miró por la ventana y por fin vio a Anita, corriendo por la calle, con los cabellos al viento, hacia su casa. Aunque era un gélido día de invierno, sólo vestía un delgado jersey de punto, de color verde espinaca. ¡Qué color más típico!, pensó Charlotte.
Anita subió las escaleras con el rostro congestionado por la carrera, no conseguía encontrar la estación de metro, dijo jadeando, y había venido corriendo desde la calle Brienner.
¿Desde tan lejos?, preguntó Charlotte incrédula.
¿Está enfadada?, susurró Anita.
No me trates de usted, contestó Charlotte.


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martes 27 de mayo de 2008

Buen karma desde Zschopau (1)


No he podido resistirme. Me suele suceder cuando encuentro algo que me gusta, que me lo tengo que apropiar de alguna manera, y una manera es traducirlo. También es una manera de quitarme de encima la obsesión que tengo con Doris Dörrie, la de la foto, y su libro de relatos Bin ich schön?. Así que he decidido poneros aquí un relato cortito, de diecisiete páginas. Pero como mi blog consulter me ha dicho que mejor que lo publique por entregas, así lo haré. Ahí va el primer trocito. Espero que os guste.

Buen karma desde Zschopau
Lena, la hija de dos años de Charlotte, enseguida se subió al regazo de Eugenia, de Turín. Más quizás por su jersey con brillantitos que por Eugenia misma, una cincuentona gris y de aspecto fatigado. Eugenia se vio de repente en la cocina de Charlotte, de acero nirosta, y sonrió débilmente.
¡Qué cocina más bonita!
¡Oh! Usted no tendría que limpiarla. Para mí es más importante que salga a la calle a pasear y a jugar con Lena, dijo Charlotte.
Hago de todo, añadió Eugenia, limpiar, cocinar... todo. Estoy separada.
Lena puso la manita en la cara de Eugenia.
La llamaré, dijo Charlotte. Eugenia asintió sin pronunciar palabra.

Dorota, de Warschau, trajo consigo a su hijo de tres años, que continuamente se limpiaba los mocos con la falda de su madre. Charlotte ofreció a Dorota un pañuelo de papel. Dorota lo aceptó con un encogimiento de hombros y se lo guardó en el bolso. Dorota tenía el cabello largo y rojizo y las manos fuertes y diestras. Olía a sudor. Lena tardó pocos minutos en dirigirse hacia ella, cogerla de la mano y llevarla al retrete, donde le hizo creer que podía hacer pis ella solita en su taza con forma de Volkswagen.
Dorota se tomó un café con cinco cucharadas de azúcar. Charlotte las contó sin querer.
Así que tiene usted que trabajar, dijo Dorota pasando la mano por las cortinas.
Oh, sí, voy a reincorporarme. Soy profesora en el Instituto Goethe.
Dorota la miró con calma. Su hijo se sorbió los mocos.

Anita, de Zschopau, era muy joven; tendría como mucho veintiún años y era guapa, pero de una belleza anticuadísima. Su piel seca brillaba como la madreperla y en el pelo castaño oscuro llevaba una estrecha cinta negra. Lena contempló a Anita desde una distancia prudencial y no hizo ningún intento de acercarse a ella. Mientras charlaba con Charlotte, Anita se miró los zapatos. Grises, de plástico. Todavía se los reconoce por los zapatos, pensó Charlotte. En el Oeste nadie lleva ya ese calzado. A Charlotte la impresionaron los zapatos de Anita.
¿Quién es?, preguntó Lena señalando a Anita con el dedo.
Esta es Anita, dijo Charlotte. Quizás venga a cuidarte cuando yo me vaya a trabajar.
Mamá trabaja, Lena llora, dijo Lena. Y se echó a llorar.
Pero volverá enseguida, dijo Anita con su dulce habla de Sajonia.
Charlotte se dio cuenta de que nunca había oído a una persona joven hablar en sajón. Antes en el Oeste sólo hablaban así las tías mayores y los funcionarios fugitivos de la RDA, pensó.
Sólo llevo dos semanas en Múnich, contó Anita con voz suave. Vivo en casa de una prima de mi madre, pero no puedo quedarme mucho tiempo. Si no encuentro un empleo pronto, tendré que volver a Zschopau.
Al despedirse, Anita tendió a Charlotte una manita delgada. Charlotte la vio tan frágil que la besó espontáneamente en las dos mejillas.
Ni siquiera sé dónde está Zschopau, le dijo. ¿No es terrible? Jamás he estado allí. Para mí sólo es un puntito blanco en el mapa. No sé dónde quedan las ciudades, ni por dónde pasan los ríos, ni cómo se llaman los montes. Cualquier país de Sudamérica o cualquier estado de los EEUU me resulta más familiar que la Alemania del Este, rió Charlotte.
Muchas gracias, señora Finck, respondió formal Anita.
Por favor, llámame Charlotte, le dijo con un toque cariñoso en el brazo. Me haces sentir terriblemente mayor.
Anita la miró un poco desconcertada y luego se marchó. Mientras salía, levantó la mano y se quitó la cinta del pelo.


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viernes 9 de mayo de 2008

¿Para qué sirven los traductores?




La escena tuvo lugar en el Ayuntamiento de Montfort-en-Chalosse (Francia) y se desarrolló así:

- Oye, que he pensao que nos vamos a ahorrar la pasta de la traducción. Tengo un primo que pasa los veranos en Gandía y sabe español perfectamente, el tío. Le digo que nos traduzca esto, que total son cuatro líneas, no le cuesta nada, y así no andamos contratando ninguna agencia.

- Ah, vale, cojonudo.

Y el resultado fue el que veis.


¡Qué bonitas las marcas ázules, tan de fiár! ¡Y las distorciones en las mapas!

Por cierto, ¿alguien sabe qué demonios es una Hacienda Capcazaliera?

¡Bueno fino de semana!


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martes 4 de marzo de 2008

El ciberspanglish, el español comercial y el español neutro en la red

Así se titula un artículo ya viejito, de 2001, de Xosé Castro Roig. Por si no lo conocéis, Castro es traductor, revisor e intérprete y en su completísima web tiene, entre otras muchas cosas interesantes, un Diccionario de burradas que me ha hecho pasar muy buenos ratos.

Pero como éste es un blog serio, vamos con cosas un poco más aburridas. El artículo del título (lo tenéis completo aquí) habla de preocupaciones que servidora tiene respecto a la lengua. Voy a copiar las afirmaciones que allí he leído y más me han interesado, para que os hagan pensar y me digáis qué os parecen. Yo, en general, estoy de acuerdo con el señor Castro. Recordad que su punto de vista es el de "escribidor".

Hoy en día, los lectores de nuestros textos, de nuestras traducciones, están en contacto directo con la tecnología aun antes que nosotros y eso nos hace llegar al confuso supuesto de que «si el hablante conoce la terminología en el idioma original, ¿para qué vamos a traducirla?». A mi modo de ver, este peligrosísimo argumento está logrando dos cosas: 1) crear una serie de «cibermarginados», de personas ajenas a ciertas tecnologías, a Internet, a las computadoras, al conocimiento de otros idiomas, para los cuales, todo el mundo de los bits, las páginas web y la inmediatez les resulta cada vez más críptico y lo ve pasar como un tren veloz al que ya no sabe ni puede subirse, y 2) emplear el inglés como lengua franca en muchísimos campos porque consideramos que, ante la duda, los lectores y hablantes preferirán la palabra inglesa antes que una traducción cuyo significado no sea fácil deducir. En resumidas cuentas, el peligro que veo es que cada vez traducimos más no para hispanohablantes sino para hispanohablantes que —creemos— saben inglés.

Actualmente, los jóvenes de todos los países hispanohablantes viven inmersos en una cultura audiovisual, frente a la cultura más oral, radiofónica y lectora de generaciones anteriores. ¿La principal diferencia es el formato? No, la principal diferencia estriba en que la cultura audiovisual actual (cine, televisión, cd-rom, Internet...) es principalmente una traducción del inglés, a diferencia de la cultura de sus padres y abuelos que, aunque no exenta de extranjerismos, no era tan permeable porque no había tal cantidad de «puertos de entrada» de nuevas palabras. En las nuevas generaciones no se está produciendo un simple cambio de vehículo cultural, sino un cambio de conductor, por así decirlo.

El espanglish cultural se cuela en nuestra lengua por los más ligeros intersticios, mediante elementos aparentemente insignificantes del idioma, como las onomatopeyas en el español televisivo. En España, los niños pequeños exclaman oh-oh porque los Teletubbies están mal traducidos y lo dicen constantemente, aunque esta expresión de sorpresa sea inglesa e impropia del español.

... la teoría traductológica según la cual «traducir términos del inglés que a uno le consta que el hablante emplea en inglés es ir contracorriente», (...) cuestiona la existencia del traductor como tal, borra de un plumazo a los hispanohablantes que no dominan otras lenguas y deja el papel del traslado cultural en manos de empresas, fabricantes y proveedores de servicios; (...) no contribuye a mejorar ni el inglés ni el español, y tampoco mejorará la comunicación de los angloparlantes que no hablen español ni de los hispanohablantes que desconozcan el inglés.


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martes 17 de julio de 2007

Mi mejor amigo

Guardo en un rincón del cerebro un bonito recuerdo de El marido de la peluquera y en una estantería de mi casa, una grabación en VHS de Ridicule, en versión original, con sus juegos de palabras tan didácticos. Las dos pelis son de Patrice Leconte, un todoterreno francés de la mejor especie.

Hace poco estrenó Mi mejor amigo, una peliculita pequeña y sencilla en todos los sentidos: pocos actores, breve metraje y escasos exteriores en un París que sólo estalla de belleza en la escena final.

El film trata ligeramente de cosas peliagudas: la soledad humana, la antipatía, la incapacidad de amar, el abandono, el recelo... Bueno, vale, no sigamos por ahí, démosle la vuelta: trata de la camaradería, la amistad, la complicidad entre seres humanos, la chispa de afecto que prende inesperada y la intimidad entre hombres, sobre la que revolotea juguetón el tabú de la homosexualidad.

De todas estas cosas tremendas habla Leconte con palabras llanas, sin recovecos, sin filigranas, para todos los públicos; tanto es así, que recurre a lenguajes que manejamos el común de los mortales: el fútbol y la televisión.

Es, en fin, una película bonita, feliciana, pánfila y alegre. Eso es precisamente lo que quería hacer Leconte, según él mismo dice: Ya no me apetece hacer películas serias; la vida ya lo es bastante. Y yo se lo agradezco, qué demonios.

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P.S. Poseída por la energía vital de don Valentín García Yebra, me atrevo a afirmar que la traducción de esta película, al menos la de la versión que yo he visto en salas comerciales, es un pelín chapucera, hecho que no atribuyo a la impericia de los traductores, sino al escasísimo sueldo que perciben y a las pésimas condiciones (plazos, medios...) en las que deben realizar su labor. Señoras y señores traductores, estoy con ustedes.


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jueves 5 de julio de 2007

Más experiencias de un traductor

La semana pasada ya os hablé de este libro: Experiencias de un traductor, de Valentín García Yebra. Es, en realidad, una recopilación de artículos y conferencias que el buen hombre ha escrito en su larguísima carrera. El contenido es, pues, muy variado: tiene capítulos especializadísimos (¿es apropiado verter en endecasílabos el hexámetro clásico?) y otros interesantes para el común de los mortales. De estos últimos, entresaco algunas ideas sueltas que encuentro polémicas o novedosas. Ahí van.

Nadie debería ponerse a traducir si no escribe bien en su propia lengua. Damos excesiva importancia al conocimiento de lenguas extranjeras y poquísima al de nuestra lengua madre. Un traductor debe poseer un conocimiento profundo de su propia lengua, de su léxico y de su sintaxis. Debe manejar con soltura nociones que antes se grababan profundamente con el estudio del latín. El abandono del latín ha causado un daño enorme en el conocimiento lingüístico profundo de los españoles, comenzando por su propia lengua.

Hoy día se valora cada vez más el multilingüismo desde la cuna. Sin embargo, los monolingües de nacimiento (por así llamarlos) tienen una ventaja a la hora de traducir: perciben más fácilmente las interferencias con otras lenguas y las interferencias son el principal enemigo de una buena traducción.

España es el segundo país del mundo en número de libros traducidos: aproximadamente la quinta parte de su producción editorial. El primer país antes era la Unión Soviética. Ahora me falta el dato. Añado un par de cosas más para que triunféis en el Trivial. La primera es fácil: ¿cuál es el libro más traducido? La Biblia. ¿Cuál es el autor más traducido? Walt Disney.

El traductor debe ser un lector extraordinario. Si alguna vez contratáis un traductor, desconfiad si os dice que no lee, que no le gusta leer o, lo que es lo mismo, que no tiene tiempo para leer.

Continuará.

[En la foto, san Jerónimo, patrón de los traductores; el cuadro es de El Greco, como ya habréis adivinado por la cara larguirucha.]


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