miércoles, 18 de abril de 2018

Ese eterno estado de alerta del ave rapaz

De repente, la nueva situación hizo que me abriera a las mujeres.
Toda la energía que había empleado para complacer a los hombres, para que me aceptaran, no me había permitido practicar ni un poco de sororidad. En cambio, una vez girado el foco, aunque a la fuerza, las que antes percibía como competidoras o eran presencias casi invisibles empezaron a ser cómplices.
Así y todo, no sabía muy bien cómo acercarme a quienes durante años había ninguneado.
La castración me permitió dedicarme a mi misma el tiempo que antes dedicaba a la caza, utilizar para mi cuidado las fuerzas que antes desperdiciaba en la conquista.
Dejé a un lado el trabajo de embrujar a los hombres y vi que tenía exceso de energía sobrante, de vital importancia para  mi cuerpo lisiado. 
Me libré de la carga de tener que estar siempre en guardia, de ese eterno estado de alerta del ave rapaz, y a diferencia de lo que había sido mi vida hasta entonces, me atreví a alimentar una relación monógama y estable. Pude percibir la garantía irreal de la lealtad, el equilibrio de la interdependencia y la protección de un compañero de viajes y emociones que me permitiera avanzar.
Intento celebrar también la pausa, la tranquilidad, la quietud y el haberme liberado de la androfilia.
Cuando menos me lo espero, siento también que bajo la piel me late la inercia de la loba que afila sus garras.

Uxue Alberdi:  Jenisjoplin
 Susa 2017


La traducción y la adaptación son mías


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