Ya lo decía Hitchcock (¿lo he escrito bien?): los malos no pueden ser malos durante todo el

metraje; hay que adornarlos con rasgos humanos para que resulten interesantes. Si el malo funciona, la historia funciona. El éxito de las historias reside en los malos y en las malas.
Sin dejar a Hitchcock (sí, lo he escrito bien), un ejemplo estupendo de buen malo es Alexander Sebastian en
Encadenados. El gran Claude Rains hizo un nazi malo, tan malo como deben ser los nazis en las pelis americanas, y al mismo tiempo derretidito de amor por Ingrid Bergman, hijo solícito de su venerada madre y muertecito de miedo por lo que pudieran hacer de él sus amigos de la cuadrilla nazi, al enterarse de que se había casado con una espía.
Eso es un malo conmovedor, de los que llegan. Por citar otros, hablaré de Hannibal Lecter, el gastrónomo, melómano y amante de la pintura italiana, la mejor creación de
Thomas Harris. Y tengo otro ejemplo más reciente: Idi Amín Dadá, el que

vimos en el filme
El último rey de Escocia, de la novela de
Giles Foden. Idi Amín es un personaje literario donde los haya, un tipo que nació en la miseria y llegó a presidir ejércitos y todo un país, por obra y gracia de sus aliados británicos. El hombre se cargó a centenares de miles de opositores a su régimen y a otros tantos inocentes que pasaban por allí; los pasó a cuchillo, los ametralló, los colgó por la piel... También era un buen amante de sus esposas y cariñoso padre de sus hijitos, le encantaba el fútbol y las faldas escocesas y tenía un gran sentido del humor. Era un tipo afable y un anfitrión perfecto.
[Perdonad el siguiente comentario tontorrón que no puedo evitar: me chifla el ojo semicerrado de Forest Whitaker.]
En la peli (la novela no la he leído) lo mismo que pasa con Idi Amín, pasa con Uganda, con África. En África hay hambre, enfermedades, tragedias, matanzas. Y niñas y niños que ríen y juegan en las calles, mujeres que visten de alegres colores, gentes que bailan y cantan en toda ocasión, hermosísimos lagos, playas, bosques. Así es la vida de complicada.
No puedo dejar de hablar de mis dos malas favoritas. La number one es
Judith Anderson, la inmensa, la irrepetible señora Danvers, devenida icono sexual de la carnicería-bollería global.

Y last but not least, Bette Davis, mala redimida en
Jezabel, mala redomada en
La loba. ¡Qué puedo decir yo de ella, si llevo años copiándole el flequillo!
A Lily Danvers ya le tengo hecho mi pequeño homenaje. En homenaje a Davis, me despediré a su manera: os quiero mucho, estaría escribiéndoos horas y horas, pero tengo que ir a lavarme el pelo.
Technorati tags
Anderson Davis Rains Withaker