Los
árboles de casa y los de Flandes no daban la misma sombra. La vida también era
diferente en Bilbao y en Gante. La primera sorpresa agradable fue el pan
blanco, porque durante la guerra, en Bilbao, no habían probado otro pan que no
fuera negro.
También
era nuevo tener juguetes en casa. Cada uno el suyo, además. Algo así era
impensable en el País Vasco. Aquellos juegos caseros, aquella tibieza daba
cierta seguridad a las criaturas. Precisamente el cambio más grande para los
niños vascos que llegaron a Bélgica fue tener juguetes. No jugaban en la calle,
como en Bilbao, con ruedas de hierro oxidado o pelotas de trapos viejos. En
Gante tenían muñecas, camiones, grúas,
bicicletas… Aunque las familias de acogida fueran de clase trabajadora.
Además,
pasaban mucho tiempo con la familia, sobre todo los fines de semana. Eso no
sucedía nunca en casa; en casa los padres siempre estaban haciendo otras cosas, no
jugaban con los hijos. En el pequeño universo de estas criaturas, los padres
solo eran la imagen de la autoridad.
Pero en
Bélgica a menudo se juntaban un montón de niñas y niños los domingos en una
casa, a jugar, en una estancia o en el jardín. Hermanas, hermanos, primas,
primos, amigas y amigos… Un grupo numeroso de niños juntos.
Kirmen Uribe: Mussche, Susa 2012
La
traducción y la adaptación son mías.
En español, Lo que
mueve el mundo, Seix-Barral 2013




