domingo, 16 de noviembre de 2008

Un niño infeliz

En su última novela, Un roman russe, Emmanuel Carrère relata unos años de su vida especialmente traumáticos, en los que los secretos y claroscuros familiares lo atraparon y lo hundieron en lo más profundo. Eso es precisamente parte de lo que le sucede a Nicolas, el protagonista de Una semana en la nieve (Editorial Circe).

Nicolas es un niño infeliz. Hace que todos nos identifiquemos con él porque hasta la más luminosa de las infancias ha tenido un puntito de desdicha, porque todos hemos sido alguna vez, aunque sea por un segundo, niños débiles, asustadizos, enfermos.

Nicolas lo es todo el tiempo. Sus padres lo sobreprotegen hasta extremos ridículos, lo aterrorizan con leyendas urbanas (¡no hay quien acabe con ellas!) sobre criaturas que desaparecen en lugares públicos, lee historias de terror (1) y tiene una imaginación prodigiosa que se vuelve contra él, le crea enemigos y monstruos.

Así, Nicolas teme a todo, hasta a dormir, porque tiene pesadillas y se hace pis en la cama. Sueña, una y otra vez, dormido y despierto, su propia muerte, con una pizca de egolatría (Toda la escuela asistiría a su entierro), algo de manipulación y un leve apuntar sexual, más bien homosexual.

Pero lo peor es el miedo a no se sabe qué. Ese miedo inconfesable que no se puede contar a nadie, porque lo encontrará estúpido, pero sigue siendo miedo igual. Es un horror sin nombre que sentía desde siempre flotar a su alrededor, una sensación de asedio, de catástrofe. Hay una masa sombría tras la ventana; más atrás, la oscuridad absoluta. Y al fondo, muy lejos, un agua negra que espejea.

Nicolas siente que pasa algo malo, pero no lo comprende, sabe que le ocultan algo, que no le dicen la verdad, que hay algo escondido en su propia habitación. Así, Carrère nos trata a todos como a niños débiles, porque, para no hacernos sufrir, quizá, no nos lo cuenta todo, no nos explica bien las cosas: nos dice una mentirijilla por aquí, se le escapa algo por allá y deja que el resto lo rellenemos con nuestra imaginación de criaturas grandes o adultos infantilizados. Es un maestro haciendo irrumpir lo extraño y la locura en lo cotidiano, transformando lo ordinario en extrañeza y angustia.

Antes decía que todos tenemos un poco de Nicolas. También el protagonista de El adversario, la novela que Carrère publicó cuatro años después de ésta, en la que recreaba la historia real de Jean-Claude Romand. Ya sabéis, el hombre que se cargó a toda su familia después de haberles mentido durante veinte años. Pues bien, Carrère, fascinado por este suceso, que a mí también me tiene cogido un cacho de cabeza, propuso a Romand colaborar para novelar su vida y Romand sólo accedió después de leer La classe de neige, porque, según dijo, exactamente así, como Nicolas, se sentía de niño.

Carrère tiene más novelas, ensayos y pelis y hoy día trabaja de guionista para la televisión. Hace poco le oí a Álex de la Iglesia que actualmente los mejores productos audiovisuales se hacen en la tele. Yo no digo nada.


(1) La espeluznante La pata de mono, de William W. Jacobs, que también martirizó mi infancia, junto con Corazón de Edmundo D'Amicis. Nicolas también lee otros cuentos de terror de Maupassant y la no menos terrible historia de Pinocho. E, igual que hacía yo, las novelitas de Enyd Blyton de Los Cinco y Los Siete Secretos, con niños detectives que resuelven misterios. ¡Ay, cuánto daño me hicieron!


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12 comentarios:

AM. dijo...

[1]

Mita dijo...

Los cinco...otra vez la nostalgia.
Después de leer tu entrada, he decidido que voy a releer Le petit Nicolas et les copains.
Muchos besos, guapa.

Möbius el Crononauta dijo...

Ojalá me pagaran por leer. El tiempo se va, y hay tantas páginas inexploradas... ains, a ver cuando hacen librocds para escuchar en el coche.

Saludos

David C. dijo...

Es una tendencia mundial eso de buenos programas de tv.

Fernando dijo...

Bueno, cada cual vende lo que hace en cada momento. Que es legítimo y sano y como debe ser.
Yo también caí con Los cinco; pero son daños prósperos y saludables.

peke dijo...

A mí los cinco no me chiflaban, me gustaban más las aventuras de Jack, Lucy, Jorge y Dolly; las tenía (aún las tengo) todas, así como los misterios del gordo Fatty y su pandilla. Ay, qué tiempos. Disfrutaba como una enana.
Y de temores, miedos y pánicos infantiles y adolescentes sé un rato largo, supongo que como casi todos.

Francisco Ortiz dijo...

Los niños con miedos ¿pueden convertirse en monstruos si no ven de mayores que los monstruos de los cuentos no existen? Dejas espacio a una duda muy interesante.

almanaque dijo...

Pues, fuera de bobadas, "Sangre romañola", uno de los cuentos mensuales de Corazón, era terrorífico. No hace tanto se lo leí a mi hija y me volvió a sobrecoger lo del malvado del enorme cuchillo.
"La pata de mono" la oí de chaval en una adaptación de la radio. Ah, aquellas dramatizaciones de Historias para imaginar, con Ibáñez Serrador y su señor padre...

almena dijo...

Te leo y... creo que debo también leer el libro que reseñas.
Sí.

Besos!

Noemí Pastor dijo...

Am, ¿2?
Mita, odio caer en la nostalgia, pero parece ser que no puedo evitarlo.
Moebius, ya los hay.
David C., creo que siempre ha habido buenos programas de TV, sólo que ahora ya no te apedrean por decir que te gusta la tele. Ahora es como friki y mola.
Fer, a mí me gustaban más "los siete secretos": eran más investigadores y menos aventureros.
Peke, ya recuerdo que tus relatos tienen relación con este mundo. Te gustará esta novela de la que hablo, si no la conoces ya.
Francisco, es que los monstruos sí existen. Tienen otro aspecto, diferente al de los cuentos, pero son muy reales.
Almanaque, yo lo digo en serio: Edmundo d'Amicis me torturó la infancia. En todos los cuentos había niños que sufrían, se morían, los mataban... Un horror, vamos.
Almena, si lo lees, espero leer tu opinión.

LA CASA ENCENDIDA dijo...

Noemí, yo más que a los cinco, lei muchos tebeos y cuentos de hadas. Los libros de los cinco eran más caros que los sobres sorpresa, ¡ya sabes!
En cuanto a la tele, calladita estoy más guapa.
Besicos

Noemí Pastor dijo...

Bueno, Casa, yo también leí tebeos a porrillo. De vidas de santos, por ejemplo. Me encantaban. Y Pumby, Tíovivo, Pulgarcito...
De la tele puedes decir lo que quieras, que esto es un blog libre. Y yo te responderé lo que me dé la gana. Mil besos.